Cuento 1: EL DEDUCTIVO SEÑOR TÁBANO, de Pedro Pablo Sacristán
El señor Tábano era el nuevo responsable de la oficina de correos de la pradera. Le había costado mucho obtener aquel trabajo tan respetado viniendo desde otro jardín, y según él, lo había conseguido gracias a sus grandes dotes deductivas. Y aquel primer día de trabajo, en cuanto vio aparecer por la puerta a don escarabajo, la señora araña, la joven mantis y el saltamontes, ni siquiera les dejó abrir la boca:
—No me lo digan, no me lo digan. Seguro que puedo deducir cada uno de los objetos que han venido a buscar- dijo mientras ponía sobre el mostrador un libro, una colchoneta, una lima de uñas y unas gafas protectoras.

Guillermo (Willy para los amigos) era un niño de nueve años que un buen día tuvo que irse a vivir a un país muy muy lejano. Tanto, que sus padres y él perdieron la cuenta de los kilómetros que tuvieron que hacer en avión para llegar hasta allí. Cuando Willy pisó el aeropuerto de Esrilandia (así se llamaba este país tan lejano), tuvo el presentimiento de que algo grande le iba a pasar allí. Y cuando se tiene un presentimiento, lo mejor es cerrar los ojos y dejarse llevar por él.
Willy era un niño afortunado. Tenía unos padres que le querían mucho (esto suele ocurrir), comida suficiente todos los días y… por si fuera poco, era bueno jugando al fútbol. Hábil con el balón, rápido como una culebrilla y donde ponía el ojo, ponía el balón. Esto quiere decir, en el idioma del fútbol, que metía muchos goles.
Cuando se instalaron en la casa nueva, lo primero que hizo Willy fue sacar sus cuatro pares de zapatillas de deporte, abrir el armario y colocarlas por colores en una fila. El fútbol era para él lo más importante. En su colegio disfrutaba jugando con sus amigos y de mayor quería ser futbolista.

Esperaba los domingos como quien espera los veranos para comer un helado de chocolate. Ese día mi papá me trajo el desayuno a la cama. Entre mimos, café con leche y medialunas, armábamos como en un rompecabezas, las salidas y los juegos que nunca quería, se terminasen.
Después del almuerzo, salimos hacia la plaza. Aquel lugar era mágico para mí, subida a la bicicleta daba vueltas sintiéndome la protagonista de un cuento, que sólo por un día abría sus páginas para no ser leídas ni contadas, sino vividas.
Una tarde, encontré a un niño parecido a mí, sentado sobre el escalón del cielo de una rayuela gigante dibujada en el piso de la plaza. Tenía la cara sucia, pero una mirada tan dulce que tuve ganas de sentarme a su lado para preguntarle el nombre. Miré a mis padres y entendí que apoyaban lo que hacía, me agaché y lo saludé:
—Hola.
—Hola —contestó sin dejar de mirarme.
—Me llamo Abril ¿y vos?
—Nacho.
Había una vez un árbol que amaba a un pequeño niño. Todos los días el niño venía y recogía sus hojas para hacerse con ellas una corona y jugar al rey del bosque. Subía por su tronco, se mecía en sus ramas y comía manzanas. Jugaban juntos a la escondida y cuando se cansaba, el niño dormía a su sombra.
Y el niño también amaba al árbol y el árbol era feliz.
El tiempo pasó, el niño creció y el árbol solía quedarse solo esperándolo. Un día, el árbol vio venir al niño.
—Vení niño, subite a mi tronco, hamacate en mis ramas, comé mis manzanas, jugá bajo mi sombra y sé feliz —le dijo.
—Ya soy muy grande para trepar y jugar —dijo el niño— yo quiero comprar cosas, divertirme. Necesito dinero. ¿Podés darme plata o me voy?
—Lo lamento, —dijo el árbol— sabés que plata no tengo, sólo hojas y manzanas. Agarrá mis manzanas y vendelas en la ciudad… tal vez así consigas la plata que querés.
En un pequeño pueblecito, a las afueras de una gran ciudad, existía una diminuta carpintería famosa por los muebles que allí se fabricaban. Cierto día las herramientas decidieron reunirse en asamblea para dirimir sus diferencias. Una vez estuvieron todas reunidas, el martillo, en su calidad de presidente tomó la palabra:
–Queridos compañeros, ya estamos constituidos en asamblea. ¿Cuál es el problema que queréis tratar?
–Tienes que dimitir, exclamaron muchas voces.
–¿Por qué? ¿Cuál es la razón?, inquirió el martillo muy extrañado.
–¡Haces demasiado ruido!, se oyó decir al fondo de la sala, al tiempo que los demás afirmaban con sus gestos.
–Además –agregó otra herramienta–, te pasas el día golpeando todo.
El martillo se sintió muy triste y frustrado por lo que reaccionó de inmediato.
–Está bien –se sinceró con todos–, me iré si eso es lo que queréis. ¿Quién se propone como presidente?
–Yo –se autoproclamó el tornillo–, yo seré el próximo presidente.
–De eso nada –gritaron varias herramientas–. Sólo sirve si das muchas vueltas y eso nos retrasa todo.
Hubo un pequeño silencio sólo cortado por algún murmullo, hasta que de repente se levantó la lija.
–Seré yo, exclamó.
–¡Jamás! –protestó la mayoría–. ¡Eres muy áspera en tu trato y siempre tienes fricciones con los demás.

EL OSITO AU (5-7 años)
Adaptación de: Roberta Veritá. Cuentos para ayudar a tus hijos (Ediciones obelisco)
Había una vez un osito que se llamaba Au. Era un osito un poco tímido. En el colegio tenía dificultades para hacerse amigo de otros ositos. Sin embargo, un día decidió armarse de valor.
Se acercó al osito más simpático para conocerlo mejor y jugar juntos, pero mientras se dirigía hacia su compañero, Au no se dio cuenta de que había un lápiz en el suelo. Resbaló y empujó el pupitre de otro osito haciéndolo caer al suelo. El osito miró a Au muy enfadado y dijo:
“¡Eres un tonto!” Entonces el resto de ositos de la clase lo miraron y gritaron a coro:
“¡Au es un tonto!”
Au, avergonzado, se fue llorando. Se sentía muy tonto y torpe, y pensó que no volvería más a la escuela por la vergüenza que sentía.
- Si me llaman tonto, es que soy tonto -se decía a sí mismo.
La mamá de Au lo consoló diciéndole que sólo había sido un accidente. Seguro que los ositos de su clase ya se habían olvidado del incidente.

EL 4 AMBICIOSO (Juan José Millás)
(FUENTE: Números pares, impares e idiotas. Ediciones SM)
Había un 4 que quería ser un 5 porque creía que era mejor ser la mitad de 10 que la mitad de 8. En cada mano había 5 dedos, se decía. Y también en cada pie. Ser la mitad de 8 le parecía una porquería. Además, el 5 con sus curvas y contracurvas, podía hacerse pasar por un cisne.
Quería ser un 5.
Pero aquel 4 vivía solo en la página de un cuaderno por la que nunca pasaban otros números. No tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí, aunque tampoco le importaba. Su única preocupación, su único sueño, era convertirse en un 5 para ser al menos la mitad de 10.
Un día pasó por allí un 1. El 4 sabía que si lograba tragarse aquel 1 se convertiría en un 5, por lo que se acercó y le invitó a que se sentara sobre él, haciéndose pasar por una silla.
—¡Pero si eres un 4! —dijo el 1.
—Tengo aspecto de 4, pero soy una silla. Siéntate en mí y descansa.
El 1 se sentó y el 4 se lo tragó en un abrir y cerrar de ojos, convirtiéndose en un 5.

EL PAÍS BLANCO.
Autor: Maite Trapiello
(FUENTE: Un mundo de cuentos. ¿Me lo cuentas otra vez?)
Había una vez un país diferente donde todo era blanco. Era blanca la hierba de los parques, los pájaros, el agua, el sol, las nubes y también los niños, todo era blanco.
Un día Carol, una pequeña niña blanca del país blanco entretenida en buscar setas blancas se perdió
El sol es blanco
también la hierba
Carol se ha perdido
buscando una seta
y comenzó a andar y andar de un lado para otro sin saber dónde ir y sin poder encontrar el camino de vuelta. Tanto tiempo estuvo andando que se sintió muy cansada y se echó a dormir.

UN MUNDO DE DIFERENCIAS
El respeto por la diversidad tratado con la simpleza de las figuras geométricas. «Personajes esquemáticos creados con cartulinas y simples tramas de colores son capaces de transmitir las claves de la convivencia».
CUENTO INFANTIL: POR CUATRO ESQUINITAS DE NADA
A PARTIR DE 6 AÑOS ❤◕‿◕❤
CUADRADITO JUEGA CON SUS AMIGOS REDONDITOS.
¡RING! ES LA HORA DE ENTRAR EN LA CASA GRANDE.
¡PERO CUADRADITO NO PUEDE ENTRAR! NO ES REDONDO COMO LA PUERTA.

Que sean niños, y no clientes de las compañías de celulares, o vendedores de rosas en los bares, o estrellas descartables de la televisión.
Niños, no limpiavidrios en los semáforos, o botín de padres enfrentados o repartidores de estampitas en los subtes.
Que no sean niños soldados, los niños. Que sean niños los niños, simplemente. Que no sean foto de un portal pornográfico. Que no sean los habitantes de un reformatorio.
Que no sean costureros en talleres ilegales de ningún lugar del mundo.
Que sean niños los niños, y no un target.
Que no sean los que pagan las culpas. Los que reciben los golpes. Los bombardeados por publicidad. Que sean niños los niños. Todo lo aniñados que quieran. Todo lo infantiles que quieran. Todo lo ingenuos que quieran. Que hagan libremente sus niñerías.
Que se dediquen a ser niños y no a otra cosa.

Dicen que en un país muy lejano, en un precioso valle, existía un pueblo rodeado de bosques que, como todos los pueblos, tenía una plaza.
Dicen también que en el centro de la plaza había un árbol enorme que todos conocían como el ÁRBOL DE LA PALABRA.
Cuentan que los niños y las niñas del pueblo, al atravesar cada día la plaza para ir a la escuela, se preguntaban de dónde venía su nombre.
Se lo preguntaron a la maestra, pero ésta no les pudo contestar porque, cuando ella nació, el árbol ya estaba allí.
Tenían tanta curiosidad que un día la profesora les invitó a que preguntaran a sus padres y madres, a sus abuelos y abuelas y a todas aquellas personas que podrían conocer la procedencia de un nombre tan extraño para un árbol.