Había una vez un árbol que amaba a un pequeño niño. Todos los días el niño venía y recogía sus hojas para hacerse con ellas una corona y jugar al rey del bosque. Subía por su tronco, se mecía en sus ramas y comía manzanas. Jugaban juntos a la escondida y cuando se cansaba, el niño dormía a su sombra.
Y el niño también amaba al árbol y el árbol era feliz.
El tiempo pasó, el niño creció y el árbol solía quedarse solo esperándolo. Un día, el árbol vio venir al niño.
—Vení niño, subite a mi tronco, hamacate en mis ramas, comé mis manzanas, jugá bajo mi sombra y sé feliz —le dijo.
—Ya soy muy grande para trepar y jugar —dijo el niño— yo quiero comprar cosas, divertirme. Necesito dinero. ¿Podés darme plata o me voy?
—Lo lamento, —dijo el árbol— sabés que plata no tengo, sólo hojas y manzanas. Agarrá mis manzanas y vendelas en la ciudad… tal vez así consigas la plata que querés.

Literatura infantil
LA BIBLIO José A. Guisasola