A mí antes no me gustaban ni el campo ni las chicas, porque huelen raro. Pero ahora ya no me importa.
Y todo porque Juani, que es nuestra profe de extraescolares, dijo que teníamos que pasar un día al aire libre, como si el aire de aquí estuviera en una cárcel o algo parecido, y a mí me entró el tembleque. El campo huele a caca de vaca y me dan ganas de vomitar solo con pensarlo. La última vez que vomité en una excursión todos se rieron de mí y me costó meses que dejaran de llamarme el potas. Como Juani lo sabe, me guarda sitio en los primeros asientos del autobús, con los más pardillos, para darme la bolsita de papel en cuanto me empiezo a poner blanco.
Así que subí al autobús y me tuve que sentar con Juanma, que también vomita siempre porque su madre le hace unos desayunos que no me extraña nada. Yo me fui tapando la nariz todo el rato y mirando por el rabillo del ojo a los que iban sentados detrás, que no hacían más que reírse.
El viaje se me hizo muy largo, larguísimo, y encima no tenía la consola, que es con lo que yo me entretengo en los coches, porque Juani dijo que era «día sin maquinitas». Debe de pensar que son el enemigo y, cada vez que salimos todo el grupo, nos las prohíbe. Los del fondo iban cantando canciones de esas de autobús, pero se les acabaron y tuvieron que repetir, de tan lejos como fuimos. Al llegar, yo me bajé con la bolsita de papel y busqué corriendo dónde tirarla sin que me vieran, pero no fue fácil, porque en el campo no hay papeleras. Aunque este no era un campo-campo, que había edificios a lo lejos. Por eso tuvimos que andar un montón hasta llegar a una explanada rodeada de árboles donde no había casas, ni papeleras, ni ruido de coches.
No había nada más que árboles, piedras y ese olor raro como de tienda de jabones que se te mete por la nariz y ya no se va en todo el día.

Literatura infantil
LA BIBLIO José A. Guisasola