Para ayudar a descubrir la lectura y el torrente de imaginación y vivencias que aporta...
Cuento: LA LLAVE MÁGICA
Martín era un niño que ya se había hecho tan mayor, que aquel cumpleaños su padre le regaló un libro ¡sin dibujos! El pobre niño quedó un poco decepcionado, pero al notarlo su padre le dijo:
—Este no es un libro cualquiera hijo, es un libro mágico. Pero para descubrir su magia, tendrás que leerlo.
Eso estaba mejor, porque a Martín le gustaban todas las cosas mágicas, así que empezó a leer el libro, aunque no tenía muchas ganas. A la mañana siguiente, su padre le preguntó:
—¿Has encontrado ya la llave mágica?

En la estantería había un libro que de apariencia era muy normal, pero tenía algo que lo distinguía de los demás, no tenía ni una gota de polvo, por ningún lado, todo lo contrario que sus vecinos de izquierda y derecha.
El niño llegó con muchas ganas de leerlo, lo abrió por la página que había dejado y se puso a leer su cuento.
En cuanto se encontró con esa PALABRA un tic-tac desaforado se escuchó encima de la palabrita PALABRA: tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac.
—¿Qué te pasa PALABRA? —le preguntó el niño.
—No puedo silenciar el tiempo, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac… —dijo PALABRA— ¿Podrías pasar el dedo por encima mío?
El niño pasó suavemente su dedo e inmediatamente dejó de oírse ese feroz tic-tac, aproximó su oreja al libro para ver si quizás se oía lejanamente, pero solo escuchó un “gracias” muuuy lejos y bajito.
Mientras seguía leyendo se encontró con la palabra SOL… ¡Y qué de luz salía de allí! Una luz muy blanca, muy pura, buscó sus anteojos de sol y pudo así seguir leyendo lo mas bien, unas líneas más abajo pudo quitárselas porque ya no las necesitaba más.

Había una vez un cuento que contaba el mundo entero. Ese cuento en realidad no era uno solo, sino muchos más que empezaron a poblar el mundo con sus historias de niñas desobedientes y lobos seductores, de zapatillas de cristal y príncipes enamorados, de gatos ingeniosos y soldaditos de plomo, de gigantes bonachones y fábricas de chocolate. Lo poblaron de palabras, de inteligencia, de imágenes, de personajes extraordinarios. Le permitieron reír, asombrarse, convivir. Lo cargaron de significados. Y desde entonces esos cuentos han continuado multiplicándose para decirnos mil y una veces “Había una vez un cuento que contaba el mundo entero…”
Al leer, al contar o al escuchar cuentos estamos ejercitando la imaginación, como si fuera necesario darle entrenamiento para mantenerla en forma. Algún día, seguramente sin que lo sepamos, una de esas historias acudirá a nuestras vidas para ofrecernos soluciones creativas a los obstáculos que se nos presenten en el camino.

Que sean niños, y no clientes de las compañías de celulares, o vendedores de rosas en los bares, o estrellas descartables de la televisión.
Niños, no limpiavidrios en los semáforos, o botín de padres enfrentados o repartidores de estampitas en los subtes.
Que no sean niños soldados, los niños. Que sean niños los niños, simplemente. Que no sean foto de un portal pornográfico. Que no sean los habitantes de un reformatorio.
Que no sean costureros en talleres ilegales de ningún lugar del mundo.
Que sean niños los niños, y no un target.
Que no sean los que pagan las culpas. Los que reciben los golpes. Los bombardeados por publicidad. Que sean niños los niños. Todo lo aniñados que quieran. Todo lo infantiles que quieran. Todo lo ingenuos que quieran. Que hagan libremente sus niñerías.
Que se dediquen a ser niños y no a otra cosa.

Quienes conocen un lápiz saben que es parecido a una varita mágica, una batuta de director de orquesta y con la forma de un pararrayos, aunque más pequeño.
Es una herramienta poderosa, como las espadas de Guerra de las Galaxias, pero sin luz, y sin hacer daño; pero es poderosa.
Podría decirles que pueden contar lo que quieran, pero eso no ayuda, voy a dar ejemplos.
Con un lápiz se puede contar nuestra vida, igual a cómo es; o contarla tal como nos gustaría que fuera. Se pueden contar historias que vimos y que nos gustaron mucho, o que no nos gustaron nada: contarlas para no sentirnos solos con eso que vivimos.
Se puede inventar una historia que parezca real. Se puede inventar una donde todo es mágico y ocurren los fenómenos más imposibles.
Podemos contar chistes que hagan reír, o historias que sean tan tristes que hagan llorar.
Podemos intentar escribir historias para hacernos famosos, o para que nos miren con más respeto. Para llamar la atención de una chica o un chico en especial.
Podemos hacer una denuncia: “Tal persona miente” “Tal otra persona hace algo que está mal”. Y a eso se puede escribirlo con forma de cuento inventado, o directo, tal cual lo sabemos.
También se puede hacer una propuesta: “Me gustaría que…”

¿Por qué deberían creernos los niños cuando decimos que leer es importante? Durante décadas fue tan evidente que ni siquiera parecía necesario hablar de esto: era obvio que te iba a ir mejor si sabías leer. Para tener más posibilidades; para poder elegir y no estar condenado a lo que sobra. Leer era necesario, sencillamente, para vivir mejor. ¿Por qué hoy necesitamos insistir en la importancia de la lectura? ¿Cuándo dejó de ser evidente?
No es lo mismo cuando en los comienzos del siglo se hablaba de leer, ni cuando se llevaron adelante campañas nacionales de alfabetización, que el hecho de que hoy estemos destacando el valor de la lectura. En aquellas oportunidades, esa "importancia" estaba asociada incuestionablemente a la esperanza. Hoy, hablar de la importancia de leer, tiene un sabor amargo, de gesto desesperado que lucha contra la corriente, de fracaso.
¿Desde cuándo dejó de ser necesario leer para vivir mejor?
¿Cuándo empezó a ser claro que el reconocimiento social, la posición económica y el éxito no dependían de la cultura que se tuviera, ni de leer?