Guillermo (Willy para los amigos) era un niño de nueve años que un buen día tuvo que irse a vivir a un país muy muy lejano. Tanto, que sus padres y él perdieron la cuenta de los kilómetros que tuvieron que hacer en avión para llegar hasta allí. Cuando Willy pisó el aeropuerto de Esrilandia (así se llamaba este país tan lejano), tuvo el presentimiento de que algo grande le iba a pasar allí. Y cuando se tiene un presentimiento, lo mejor es cerrar los ojos y dejarse llevar por él.
Willy era un niño afortunado. Tenía unos padres que le querían mucho (esto suele ocurrir), comida suficiente todos los días y… por si fuera poco, era bueno jugando al fútbol. Hábil con el balón, rápido como una culebrilla y donde ponía el ojo, ponía el balón. Esto quiere decir, en el idioma del fútbol, que metía muchos goles.
Cuando se instalaron en la casa nueva, lo primero que hizo Willy fue sacar sus cuatro pares de zapatillas de deporte, abrir el armario y colocarlas por colores en una fila. El fútbol era para él lo más importante. En su colegio disfrutaba jugando con sus amigos y de mayor quería ser futbolista.

Literatura infantil
LA BIBLIO José A. Guisasola