
Así la llamaban en el barrio: "Juanita del montón". No porque hubiera un montón de Juanitas, sino por su colección de montones.
Ninguna cosa le gustaba de a una. Ni de a dos ni de a tres.
De "a muchas" para arriba. Por lo menos, de "a montón".
Ya de chica, a los siete años, se enfurecía porque eran sólo siete y quería tener más.
Entonces sumaba los años de todos sus amigos (los cinco de Manuela, más los siete de Ramón, más los ocho de Susana, más los cuatro de Javier). Y los convertía en un montón.

EL DE ESTE CUENTO NO ES UN MONO COMO TODOS. NO PORQUE NO TENGA CARA DE MONO, PATAS DE MONO Y OJOS DE MONO, QUE SÍ LOS TIENE IGUAL QUE LOS DEMÁS. LA DIFERENCIA DE ÉSTE CON LOS OTROS MONOS DEL PLANETA SON SUS COSTUMBRES: ODIA LAS BANANAS Y ADORA LEER EL DIARIO.
DECIR QUE ESTE MONO DETESTA LAS BANANAS ES APENAS ALGO, PERO NO TODO: TAMPOCO LE GUSTAN LAS GALLETITAS QUE LE TIRAN LOS CHICOS CUANDO VISITAN SU JAULA, NO ACEPTA NUECES PELADAS, NI LECHUGA, NI TOMATES, NI MANZANAS, NI SOPA, NI GUISO, NI MILANESA CON PAPAS FRITAS. ESTE MONO COME PIZZA Y NADA MÁS.

Cecilia era una abeja común. Vivía en un panal que estaba cerca de una granja y su trabajo –como el de sus compañeras– consistía en hacer miel. Pero Cecilia tenía un problema. Era distraída. Cada vez que salía al campo en busca de flores se entretenía con las rayas de una cebra, o se hacía amiga de una mariposa y se iba a jugar por allí.
Apenas se dejaba tiempo para tomar el polen y el néctar de las flores y por eso, cuando volvía al panal, se metía en su celdilla y se quedaba frita.
Un día, la temible abeja reina, la que mandaba en el panal donde Cecilia vivía, reunió a todas sus súbditas y les gritó:
–El panal no es un hotel. Aquí se fabrica miel. Y al que no le gusta, se va.

En el mundo hay magos y magos.
Magos que se vuelven famosos por lo que son capaces de hacer aparecer: palomas, conejos, billetes, pañuelos, cubos, corbatas, nudos o anillos… y magos cuya fama se debe a los que son capaces de hacer desaparecer: palomas, conejos, billetes, pañuelos, cubos, corbatas, nudos o anillos…
Bien cierto es, por otra parte, que más de un mago alcanzó la fama por lo que fue capaz de achicar: palomas, conejos, billetes, pañuelos, cubos, corbatas, nudos o anillos… Tan cierto como que innumerables ilusionistas del mundo lograron su reconocimiento por aquello que fueron capaces de agrandar: palomas, bill… etcétera.

Cuento 1: EL ASTRONAUTA DEL BARRIO
Apenas sonó el despertador, el señor Poquito Pérez saltó de la cama como un resorte. Se quedó un rato parado en el medio del cuarto, y cuando creyó estar despierto, subió la persiana.
"Va a ser un día de sol", se dijo. Porque a través de la ventana vio que el cielo estaba celeste.
Pensando en el sol, el señor Poquito Pérez se pegó una ducha fresca y se vistió con ropa liviana: un pantaloncito corto, una remera de hilo y una gorra con visera. También preparó los anteojos negros, pero no se los puso hasta la hora de salir.
Antes de afeitarse prendió la radio y escuchó un informativo. Entre noticia y noticia, el locutor le recordó a la gente que esa mañana empezaba el invierno.
"¡Pero si ya estamos en invierno!", se acordó el señor Poquito Pérez.

CARTA A LOS CHICOS
No sé si les dije que hoy es un día violeta, es decir de sol que amenaza con lluvia. De veredas repletas de gente que apenas se mira. Así son los días violetas. A mí me pasa que quiero escribir un cuento y la lapicera se me corre de las manos. Que tengo ganas de tomar leche con galletitas y seguro que si voy a la mesa me encuentro con un tazón de té. Y que no me enojo porque los violetas no son días de enojarse.
Podría ser azul, como cuando el cielo es un espejo y las caras de las personas parecen flores que se abren contra el viento. O rojo, como cuando todo parece estar a punto de suceder: una risa a punto de estallar, dos manos a punto de estrecharse, un avión a punto de levantar vuelo. Pero no. Ni rojo ni azul. El día de hoy es violeta y así son los días violetas.

Cuando llegó no era más grande que una hormiga. Invisible, sí, pero una hormiga. Y entró sacando pecho como si fuera a comerse el mundo.
Dicen que se metió en el barrio como pancho por su casa. Como ciudadano ilustre.
Que empezó el atracón por lo más grande: por la calle principal a la hora en que los autos, la gente y los oficios parecen tener cuerda para rato.
Que se tragó las sirenas, dicen. Las bocinas, el ronroneo de los motores, las frenadas de los colectivos y el estornudo de un canillita.

Las cosas andaban muy mal.
Porque Ana decía que su nombre era muy corto. Y, para colmo, capicúa.
Y Ángel vivía furioso pensando que con ese apelativo sólo podía ser bueno, lo que para toda una vida era mucho.
Y Domingo estaba harto de que en todas partes, su nombre apareciera escrito en rojo.
Y Soledad opinaba que su falta de amigos era culpa de llamarse así.
Y Bárbara, la pobre, era tan tímida que cuando decía “soy Barbará”, ni su mamá le creía.
Y Maximiliano Federico estaba enamorado de Enriqueta Jorgelina, pero tardaba tanto en hacer un corazón con los nombres que abandonaba en el intento mucho antes de empezar.
Y Rosa ya no soportaba que la llamaran clavel. Tanto peor para Jacinto Floreal, a quien los graciosos llamaban Nomeolvides. O Jazmín.
Elsa ya se había acostumbrado a ser Elsa-po. Pero Elena no quería que la llamen Elena-no.
Las cosas andaban muy mal. Nadie en el barrio estaba conforme con el nombre que le había tocado en suerte y, quien más quien menos, la mayoría se lo quería cambiar por otro.
El Intendente abrió un gran libro de quejas para que los vecinos explicaran su problema por escrito.

1º Cuento: La luna roja
Había una vez un pequeño planeta muy triste y gris. Sus habitantes no lo habían cuidado, y aunque tenían todos los inventos y naves espaciales del mundo, habían tirado tantas basuras y suciedad en el campo, que lo contaminaron todo, y ya no quedaban ni plantas ni animales.
Un día, caminando por su planeta, un niño encontró una pequeña flor roja en una cueva. Estaba muy enferma, a punto de morir, así que con mucho cuidado la recogió con su tierra y empezó a buscar un lugar donde pudiera cuidarla. Buscó y buscó por todo el planeta, pero estaba tan contaminado que no podría sobrevivir en ningún lugar. Entonces miró al cielo y vio la luna, y pensó que aquel sería un buen lugar para cuidar la planta.
Así que el niño se puso su traje de astronauta, subió a una nave espacial, y huyó con la planta hasta la luna. Lejos de tanta suciedad, la flor creció con los cuidados del niño, que la visitaba todos los días. Y tanto y tan bien la cuidó, que poco después germinaron más flores, y esas flores dieron lugar a otras, y en poco tiempo la luna entera estaba cubierta de flores.
Por eso de cuando en cuando, cuando las flores del niño se abren, durante algunos minutos la luna se tiñe de un rojo suave, y así nos recuerda que si no cuidamos la Tierra, llegará un día en que sólo haya flores en la luna.
Autor: Pedro Pablo Sacristán
http://cuentosparadormir.com/infantiles/cuento/la-luna-roja
Ilustración: ©Diego Aldaz
http://diegoaldaz.blogspot.com.ar/

Ahí estaba yo. Entre un montón de mapas enrollados como tubos y el armario con puertas de vidrio. Me pararon en ese lugar cuando estrenaron la biblioteca y ahí quedé hasta que pasaron las cosas.
La biblioteca se inauguró una mañana. Hubo gran revuelo en la escuela ese día. En principio, suspendieron las clases. Los únicos invitados a presenciar el acto fueron los maestros, los directores, los vices, los inspectores y, por supuesto, el intendente. Las autoridades se ubicaron ante la puerta. Cortaron una cinta, descubrieron una placa, aplaudieron y entraron (días más tarde la secretaria recordaría que olvidaron entonar el Himno).
Brillaba todo. El piso recién encerado, los vidrios de las ventanas, los libros forrados con papel araña azul, los frasquitos con formol conteniendo —por orden de aparición— un cerebro, una nariz, una dentadura perfecta, un par de ojos, una mano, una víbora y otros bichos muy bien conservados; el grupo de mapas, los retratos de próceres recolectados de todas las aulas para decorar un poco el ambiente y, por supuesto, yo: el esqueleto que estaba parado como un centinela.
Las personas allí reunidas recorrieron el salón con la mirada en pocos segundos y, en menos aún, descorcharon unas botellas de champán para acompañar —luego del brindis— las masas y sandwichitos de miga ubicados en cuatro escritorios con manteles blancos y almidonados para la ocasión. Concluido el acto, la gente se fue retirando, y a los pocos minutos una señora sacó los restos de comida, los vasos, los manteles y hasta los escritorios. Pasó un escobillón, bajó las persianas y así, en penumbras, abandonó el recinto inaugurado y nos encerró con llave.
Al día siguiente, la biblioteca se abrió apenas los chicos terminaron de cantar Aurora para izar la bandera.
De a un grado por vez, arrancando con los de séptimo, los alumnos empezaron a llegar con sus maestras a conocer el lugar. A casi todos se les ocurría lo mismo: pararse frente a la puerta, observar la placa, formar tomando distancia para no amontonarse al atravesar la puerta y entrar en silencio.
Hacían un recorrido que empezaba por los libros: los de texto por allí, las enciclopedias por acá, los de entretenimiento por el otro rincón, etcétera. (Había que aprender a distinguir unos libros de otros por el tamaño, ya que todos estaban forrados del mismo color.)
Continuaban por los mapas: los alumnos debían estar encantados de asistir a una escuela con semejante cantidad de material para conocer mejor la geografía del mundo. Acto seguido, un rápida mirada a los frascos con formol: el cerebro, la dentadura, (algunas maestras, algo impresionadas, desviaban la vista antes de llegar a la víbora mientras los chicos se baboseaban deslumbrados). Por último me mostraban a mi aclarando que el cuerpo humano está formado por 206 huesos y que eso (o sea yo) era una réplica perfecta.
La única persona que encaró las cosas de otra manera fue la señorita Ofelia.

Hijo de Glotón segundo y nieto de un gran Rey, Porquesí fue el gobernante más temible que hubo en las tierras del país. Apenas asumió el mando, al morir su padre, redactó la primera ordenanza que, en un largo bando, fue leída al pueblo en plaza pública.
“Todo árbol de frutas que crezca en tierras del País —decía la orden— deberá ser entregado de raíz a este gobierno. Firmado: Porquesí.”
Sin protestar —porque nunca lo habían hecho—, los paisanos entregaron sus árboles a las autoridades, dejando sus propios jardines completamente vacíos.
Así fue como al llegar el tiempo de la recolección, el palacio se llenó de incalculables canastos de fruta, con las que el emperador hizo preparar dulces y más dulces. Tantos, que ni al cabo de largos años logró terminar de comer. Y fue durante esos años que, descuidados y hartos de frutos que nadie podía recolectar, los árboles se enfermaron y murieron, uno a uno, en las tierras del emperador.
Porquesí, entonces, redactó la segunda ordenanza que, en un largo bando fue leída en plaza pública.
“Tras la inesperada muerte de los árboles —decía la orden— y ante la falta de sus frutos, deberán entregar a este gobierno las risas de todos los chicos que habiten el País.”