
Una mañana, perdí la voz.
Como pasaba el tiempo y no aparecía, mis padres decidieron llevarme a un especialista en objetos perdidos.
El hombre nos recibió en su despacho, una habitación atiborrada de cosas. Tantas, que tuvimos que abrirnos paso apartando a manotazos timbres de bicicleta, muñecas de goma, libros de bolsillo, paraguas, sombreros, y todo lo que se pueda imaginar.
—Perdonen el desorden —se disculpó el señor Encuentro—, estamos en la jungla de los objetos perdidos. Aquí las cosas no hacen más que crecer, sin que yo pueda hacer nada por evitarlo.
Escuchen, escuchen los sonidos de la jungla…
Papá, mamá y yo prestamos atención. Era cierto: en aquel cuarto no dejaban de escucharse los crujidos de las cosas.
El hombre apartó un libro de su silla y tres paraguas de la mesa, antes de sentarse.
—Acércate, jovencito —me pidió—. Sin miedo, las cosas no te harán nada si no las molestas.
Las cosas no me daban miedo, pero no quería pisarlas y el suelo estaba lleno de trastos. Cuando conseguí llegar hasta el señor Encuentro, me dijo que abriera la boca y me afinó las cuerdas vocales. Después de interpretar todas las notas, del do al sí, dijo:
—Hum, no sé… Las cuerdas ya están afinadas y, sin embargo, la voz sigue sin aparecer.
Entonces me hizo un montón de preguntas y yo tuve que anotar las respuestas en una pizarra.

Literatura infantil
LA BIBLIO José A. Guisasola