Érase una vez un país muy, muy lejano. En él había un castillo con dos grandes y altas almenas desde las que se podía tocar la luna algunas noches; de hecho, a veces la luna hasta se quedaba a dormir en el tejado… Cerca del castillo había unas preciosas montañas de color azul desde las que todas las mañanas se despertaba el sol.
El castillo era de una pequeña princesa; los papás de la princesa le habían puesto por nombre Alina, porque consideraban que era un nombre muy apropiado para una princesa tan pequeña y bonita como su hija. En sus ratos libres a la princesa le gustaba pasear por los jardines de su castillo y dibujar en la pizarra que sus papás le habían puesto en su cuarto; además leía cinco cuentos todas las tardes.

Literatura infantil
LA BIBLIO José A. Guisasola