
Otra cosa que me pasaba de chico es que perdía todos los útiles de la cartuchera, y a veces la cartuchera también. Mis padres debían comprarme cada día un nuevo lápiz, una nueva goma o un nuevo compás (¿todavía siguen usando compás y transportador en la escuela?), y una cartuchera por semana.
Yo creo que existen ciertas personas cuya atención sólo puede ser atrapada por algunos hechos muy llamativos, y no les queda atención para ninguna otra cosa. Es el día de hoy que sigo perdiéndolo todo: los lentes de sol, el control remoto del televisor, una ojota, los papeles donde anoto las direcciones en los viajes. Por eso, me paso buena parte de la vida buscando. Es curioso, porque por un lado debo buscar objetos -llaves, la agenda, una tarjeta-, pero también busco historias para contar, busco sabiduría en las historias de otros escritores, y busco la verdad.

Debido a que nos mudamos, tuve que cambiar de colegio a mi pequeño hijo de cinco años. No fue fácil tomar la decisión.
Intenté resistir: como los viajes en auto lo marean, propuse a mi esposa llevarlo yo mismo, caminando, hasta su antigua escuela.
Si el “Marco” de Edmundo De Amicis caminó de los Apeninos a los Andes para reencontrarse con su madre, ¿por qué no iba a poder yo caminar doscientas cincuenta cuadras con mi hijo a cococho para salvarlo de la tragedia de cambiar de colegio? Pero mi esposa imaginó la escena: yo, exánime, desmayado; a merced de transeúntes desconocidos.
–Ya sé –grité como una eureka, imbuido de una convicción mística–. Vivimos en una carpa de lunes a viernes, al lado del mismo colegio. Y los fines de semana, volvemos a la nueva casa.
Pero mi esposa sugirió que yo no sería capaz de recordar sacarme las zapatillas cada vez que ingresara en la carpa, por lo que nuestra vida se tornaría un infierno. Y cuando ya estaba dispuesto a pagar la primera cuota del helicóptero, la decisión gubernamental de robarnos nuestros ahorros dio por tierra con la idea.
De modo que había que cambiarlo de colegio.
–Hablale vos –le dije a mi mujer–. Es fácil; explicale que hay cosas mucho peores: terremotos, tiburones. Contale que los que se pierden en el Triángulo de las Bermudas no vuelven nunca más; mientras que a él, sólo lo vamos a cambiar de colegio.
Mi mujer escuchó en silencio las propuestas y respondió:
–Si le hablo yo, le hablo yo.
Pero no le habló. Pasaban los días y, en ocasiones, no le hablaba porque estaba a punto de comer y no quería ponerlo nervioso, porque justo le había comprado un juguete nuevo y no quería arruinar la sorpresa o porque, en ese momento, no lo veía preparado.