El niño quiso dibujar un animal. Pensó en el ciervo, que es un caballito con la cabeza llena de palos; pensó en el zorro. Y al final se le ocurrió que lo mejor sería dibujar un perro que es un animal fácil de dibujar porque siempre está al lado de uno.
Tenía una carbonilla muy negra y un papel muy amarillo. Empezó por las patas que es lo que sostiene; hizo tres ya que a la cuarta no sabía qué posición darle. Le salieron bien, seguramente porque esa carbonilla ya había dibujado perros.
Continuó con el trazado del cuerpo y cuando le tocó diseñar la cabeza, pensó en un hocico puntiagudo pero tuvo miedo de que le saliera un pico de pájaro; tampoco debía ser completamente chato porque entonces el perro parecería una foca.
Y pensó también en las orejas: mejor grandes para que oyeran las voces de todos los dibujos que hay en el mundo. Y también era preferible que estuviesen levantadas y no caídas para que no terminaran cayéndose al suelo y que él se tuviera que pasar el día levantando orejas.
¿Y los ojos? ¿Los haría redondos como bolitas? No, porque todo lo que es redondo un buen día empieza a girar, y ya se sabe que un perro no debe tener ojos giratorios. Se los haría un poco alargados, con una mirada que se desparramara por todo el papel y también por toda la casa.

Literatura infantil
LA BIBLIO José A. Guisasola