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Cuento: EL TROMPO DE PALO SANTO, de Gustavo Roldán


El trompo giraba y giraba abriendo un huequito en la tierra.

Primero había bailado en un enorme círculo que se fue cerrando cada vez más, hasta quedarse quieto, casi inmóvil, casi hasta hacer dudar si no estaba clavado en el suelo.

-¡Se durmió!- dijo el Negro en voz baja, un poco como para no despertarlo. -¡Mirá cómo se durmió!

-¡Sin cabecear siquiera!- dijo Atilio. – No hay un trompo como éste.

-¿Es cierto Atilio? ¿Es cierto lo que dice el Negro?- preguntó el Rubio, que acababa de llegar.

-Si lo dice el Negro no debe ser cierto.

-Dijo que su trompo es de palo santo.

-Y bueno, alguna vez tenía que decir la verdad.

-Bah, no puede ser. ¿Quién vio un trompo de palo santo?

El trompo comenzó a hamacarse perdiendo fuerzas. Cabeceó para un lado y para otro, giró acostado en la tierra y se quedó inmóvil.

Cinco manos chocaron tratando de agarrarlo primero. María fue la más rápida, y apretó al trompo en una mano que no alcanzaba a cubrirlo.

-¡Vamos, vamos!- dijo Atilio- las mujeres no se meten con mi trompo.

-Eh, Atilio, ¿no me vas a dejar?

-Las mujeres no juegan con trompos-dijo el Negro, tratando de quitárselo. – Las mujeres nunca saben nada.

-¡Más mujer será tu abuela!

María escondió la mano y dio un paso para atrás. El Negro se quedó con la mano estirada.

-María, mejor te vas volando de aquí. Nadie te dio vela en este entierro. Dame o te lo quito.

-¿Por qué no hacés la prueba?- dijo retrocediendo otro paso.

-¡No comencemos con peleas! Ahora estamos con cosas serias-dijo Atilio.

-Atilio vos sabés que yo lo puedo hacer bailar. ¿No me dejás una sola vez?

-Bueno, pero dale. Una sola, ¿eh?

María agarró el piolín con un poco de miedo. No era fácil manejar ese trompo con todos los chicos esperando que hiciera las cosas mal. Lo peor era cuando estaban en barra, entonces no le perdonaban que fuera mujer. De uno en uno las cosas eran diferentes, pero ahora estaban juntos, y para peor con un trompo nuevo, de palo santo, con el que todos querían jugar.

-Dale, María, siempre te metés en lo que no te importa.

Claro que a ella le importaba. Demasiado tenía que aguantar en su casa con esas tontas muñecas que le regalaban. Bueno, tontas no, también eran lindas y las quería, pero eso de las chicas no corren, no saltan y no suben a los árboles… Atilio y el Negro eran los únicos que les ganaban a subirse a los árboles. Y con los barriletes la cosa era bien pareja. Que el Negro dijese esas barbaridades no le importaba, total, era su hermano. Pero que Atilio…

-¡Dale María, dale…Nos hacés perder tiempo a todos…

María lo miró al Negro con furia. Y el Negro conocía esas miradas de su hermana. ¡Pero cómo molestaba metiéndose todo el día con sus amigos! Lo único bueno era que nunca iba con cuentos. Pero se bañaba todos los días, no faltaba nunca a la escuela, se sacaba las mejores notas.

-Dale, María, dale- dijo el Rubio.

-Dejála tranquila- dijo Atilio- hace bailar los trompos mejor que vos.

María se puso colorada. Midió la distancia con los ojos eligiendo el mejor lugar, se afirmó bien adelantando un pie y con las piernas abiertas, como su mamá le decía que no debía pararse una señorita. Pero qué hacerle, ya había descubierto que el gran secreto de los muchachos para tirar una piedra, correr más rápido, saltar más lejos, era no pararse como una señorita.

-¡Dale María!

-¡Dale María!

Lo que faltaba. Ahora también los otros chicos, los más chicos, que no se metían en la pelea, comenzaban a apurarla.

María sonrió sin decir nada. No hacía falta. Sabía otro secreto que aprendiera jugando con los muchachos. Para tirar una piedra o hacer bailar un trompo había que separar el codo del cuerpo. Más alto o más bajo, pero siempre el brazo con el codo hacia fuera.

El brazo de María se levantó y bajó como un latigazo, en un movimiento perfecto, casi invisible, y los ojos de todos se clavaron en el trompó que silbaba convertido en una cosa viva.

La música pareció salir del trompo. Era una música suave y adormecedora, un pequeño vals que hablaba de barrios y glicinas, de un pedacito de cielo en una ventana enrejada.

Como sin querer acompañaron con el cuerpo el ritmo de la música, como sin pisar el suelo giraron y giraron, como sin darse cuenta Atilio y María se tomaron de la mano y se miraron a los ojos, se abrazaron y bailaron.

Girando como el trompo se juraron amor para siempre, sin decir ninguna palabra. Cerrando los ojos se dejaron llevar por la música y soñaron los sueños más dulces. No se dijeron ninguna palabra, que es como decir todas las palabras, mientras el baldío se cubría con madreselvas y jazmines y los árboles de la vereda eran lapachos florecidos y el mundo era hermoso porque las manos se entrelazaban, se soltaban, y las puntas de los dedos se acariciaban lentamente mientras el sonido se borraba y apenas quedaba el recuerdo como un sueño.

Los chicos volvieron al baldío. Ahora, sin silbar, el trompo seguía bailando, como inmóvil. María se alejó en silencio. Después de todo, también era hora de jugar un rato con sus muñecas.

Atilio la alcanzó.

-Chau, María- le dijo. -Cuando haga un barrilete nuevo va a ser para vos.

-¡Qué lindo! Bueno, chau.

Se fue caminando despacito, pero apenas se alejó unos metros comenzó a saltar, sonriendo, casi llorando, pero contenta. Sobre todo muy contenta.


FIN

El cuento puede encontrarse en la colección “Pajarito Remendado” o en Todos los juegos el juego, de la colección “Libros del Malabarista”, ambas de Ediciones Colihue.

Diego Ariel Bianchi (Ilustrador)

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Visto y leído en el blog: habíaunaveztruz - apuntes, comentarios, ideas sobre literatura infantil, de Lorena Udler

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