PROYECTO de LECTURA e INFORMÁTICA

Bibliopeque itinerante

Por más lectores, por más inclusión

"Argentina crece leyendo"

¡¡Un Mundo Mejor ES Inevitable!!

2 Cuentos de Marié Rojas Tamayo.

Cuento 1: EL PLANETA AZUL

Muy lejos de aquí está situado un mundo donde todas las criaturas solían ser azules. Azules eran no sólo el cielo y las aguas, sino las plantas, las mariposas, las aves, los elefantes, las jirafas, los gatos, los perros y los Índigos, que era como se llamaban las personas que lo poblaban.

Conocían los demás colores, y a veces los usaban en sus casas, en las portadas de sus libros, en sus adornos o en sus pinturas, pero no concebían un ser vivo que no fuera azul, porque era lo que habían visto desde el principio de los tiempos.

Pero sucedió que un día nació un niño de color rosa. Por lo demás era parecido a cualquier otro Índigo, incluso en la sonrisa, pero esto no lo notaron sus compañeros de escuela, ni sus maestros, ni sus vecinos o amigos del barrio, que siempre lo trataban como si fuera un ser inferior o diferente, por esa tontería del color.


Se les olvidaba pensar que cada uno de nosotros – y de ellos – es diferente al otro, porque no nos gustan los mismos libros, o los mismos juegos, o pensamos distinto: a algunos nos gusta bailar, a otros pintar, a otros ir al cine, a otros cantar, a otros coleccionar sellos, a otros mirar a las estrellas… Y esta diferencia, en cambio nadie la nota, ni aquí, ni allá.

El caso es que Rosado – así le pusieron sus padres, que no encontraron mejor modo de llamarlo, a pesar de que lo amaban mucho porque el amor de los padres es incondicional -, siempre se sintió discriminado por su color, y esto era muy triste, porque era un muchacho muy despierto e inteligente.

A pesar de que estudió botánica y se graduó con honores en la Universidad, no se le permitió trabajar como investigador sino como jardinero. No obstante, fue tan bueno en su profesión, tan original y creativo, que terminó trabajando de jardinero en el palacio real.

Todos los días miraba, mientras plantaba, podaba y regaba las lindas flores de los jardines reales, a la princesa Celeste pasearse por los laberintos de árboles que él construía con precisión, semejando islas, corceles, figuras mitológicas como grifos, dragones o esfinges, o gigantescas mariposas que al golpe del viento movían sus alas compuestas de hojas azules.

La princesa era muy bella y el jardinero la amaba en silencio, pero no se atrevía a confesarle sus sentimientos, porque sabía que por la diferencia de su color nunca sería aceptado. Ella no parecía notar mucho su color rosado, pues se sentaba y conversaba con él largo rato; hablaban no sólo de las flores y las plantas, sino de la inmensidad del Universo, de la amistad y de las maravillas aún por descubrir en mundos inexplorados.

Mas el muchacho, a pesar de que disfrutaba enormemente estos ratos junto a ella, sabía que de ser descubierta su amistad, le sería prohibido mirar siquiera a su amada…

Un día,…

… una extraña epidemia comenzó a azotar a los niños y niñas del reino Índigo. Extrañas manchas de color rojo les salían en la piel, ardiéndoles y dándoles mucha picazón, si las rascaban, era peor, porque se convertían en ronchas… Así no se podía ir a la escuela, ni salir a pasear o a hacer visitas; peor aún, los padres no podían ir a trabajar porque tenían que quedarse en casa a cuidar a sus hijos enfermos.

Si la enfermedad seguía extendiéndose, el reino iría a la ruina, nadie asistía a las fábricas, a las oficinas o a los centros comerciales; hasta los parques estaban vacíos, ¿quién va a querer jugar con esas manchas tan molestas y piconas?

El rey ordenó a sus médicos, científicos y farmacéuticos que buscaran entre las medicinas existentes alguna que curara el mal de las manchitas rojas. Muchos de ellos se excusaron, porque tenían que cuidar que sus niños no se rascaran demasiado o se le infectaran las ronchas, pero los que quedaron disponibles tampoco pudieron hallar la solución.

El soberano de los Índigo lanzó entonces una proclama, anunciando que aquel que descubriera el remedio para la enfermedad que azotaba a los pequeños, se casaría con la princesa Celeste.

Pasaron tres días sin que nadie respondiera a su llamado, ya todos los niños del reino se rascaban sin cesar y estaban llenos de pequeñas ronchas rojas… ¡Y pensar que hasta no hace mucho sus padres despreciaban todo lo que no tuviera color azul!

Al amanecer del cuarto día tocó a las puertas de palacio el joven Rosado, pidiendo ser llevado inmediatamente ante el monarca: ¡había descubierto el remedio para las manchas rojas en una flor que crecía en todos los jardines! Un simple cocimiento con sus hojas y en 24 horas los niños estarían curados.

Mientras los heraldos reales cabalgaban por el reino anunciando la solución y los padres corrían a hacer cocimientos con aquellas flores, el rey de los Índigo enfrentaba un dilema: Hasta el momento había despreciado a Rosado por su color, había hecho que trabajara de jardinero a pesar de saber que era un excelente botánico, y ahora debía cumplir la promesa de casarlo con su hija… Por ironías del destino, el futuro del reino estaría en manos de alguien de piel distinta a la suya.

Consultó con su hija, y para su sorpresa, la princesa Celeste le dijo que había aprendido a amar al joven Rosado por la belleza de su alma, por su inteligencia y por sus buenos sentimientos, sin mirar jamás el color de su piel.

Rosado casi se desmaya de alegría al oír tal confesión, pero se aconsejó mejor y corrió a abrazar a su novia. De este modo, el rey no tuvo más remedio que aceptarlo como su yerno y anunció la boda para el día siguiente.

Al otro día, todos los niños del reino estaban en las puertas del palacio, pidiendo ver a Rosado, para agradecerle por su rápida curación. Los padres habían tenido que reincorporarse a sus puestos de trabajo, pero no paraban de enviar telegramas, cartas, tarjetas y flores para el salvador de sus hijos. De este modo la ceremonia estuvo plena de alegría, con muchos pequeños invitados correteando por los jardines.

Cuando Rosado y Celeste tuvieron un hijo, y vieron que era un precioso bebé de color violeta, lo abrazaron y dijeron que era el niño más lindo que puede imaginarse. El rey estuvo de acuerdo en que su nieto era una preciosidad.

Al poco tiempo nació en una familia cualquiera otro niño color de rosa, y luego una niña, y en otra nacieron gemelos, y pronto hubo muchos niños rosados en el planeta azul. Mas no tenía importancia, porque lo que los hacía especiales era la película preferida, el libro más leído, lo que habían soñado la noche anterior, si les gustaba jugar con pelotas o a los escondidos, coleccionar sellos, minerales, postales, monedas, o papelitos de caramelos…

De esto que les cuento hace mucho, mucho tiempo. Ahora en ese planeta lejano todos son de color violeta, aunque a veces todavía nace un bebé de tonos rosados o azules… Pero eso ya no sorprende a nadie.



FIN


© Marié Rojas Tamayo, Cuba

•.¸¸.★.¸¸.•

Ilustración: Pilar Ribas Maura, Mallorca

•.¸¸.★.¸¸.•

Visto y leído en: Haciendo almas. Desde Cuba, desde el corazón…

•.¸¸.★.¸¸.•


Cuento 2: MARTINA Y EL DUENDE


Martina acaba de perder su último diente de leche. El diente parecía loco por escapar de su encía, porque se desprendió de un solo tironcito. Ahora lo tenía en su mano.

—Es un diente precioso —le dijo la mamá—, seguro el ratoncito de los dientes te deja un buen regalo esta noche. Sácale bastante brillo, para que lo impresiones.

Martina sonrió. Sabía que el ratoncito no existía; había atrapado a sus padres levantando la almohada para tomar el diente anterior y colocar a su lado una muñeca; pero hubiera sido muy triste quitarles la ilusión, sobre todo porque quedaba sólo este diente; por tanto decidió callar...

Pero esta noche, por más que quiso mantenerse despierta para verlos entrar con su regalo, los párpados le pesaron tanto que tuvo que sumergirse en el mundo de los sueños.

Y de ahí fue repentinamente expulsada por la algarabía ocasionada por el derrumbe de un castillo de piezas desarmables que había colocado junto a la ventana.

Martina se incorporó y sorprendió a un hombrecito de una cuarta de alto sentado en el suelo, soplándose una rodilla que miraba con preocupación.

Estaba tan ocupado en soplarse el rasponazo que no observó a la niña. Cuando vino a comprenderlo, ya estaba en sus manos.

—¡Oh, no! —exclamó el chiquilín—. Se suponía que esto no sucediera.

—¡Eres un duende!— se asombró Martina, sujetándolo firmemente—. Esto tampoco se suponía que pasara; en último caso esperaría a un ratón y sé que lo del ratoncito es una fantasía de los padres.

Como el duende seguía haciendo esfuerzos por salir, aflojó un poco las manos y lo llevó hasta su cama.

No creas que me gusta tener prisioneros, te voy a dejar ir, pero al menos dime quién eres y qué haces aquí.

El duende asintió. Martina abrió las manos y él se deslizó debajo de la almohada, para salir a los pocos segundos con el diente en las manos, mirándolo con admiración.

Es perfecto, pocas veces se ven dientes de esta calidad. ¡Qué desgracia la mía, perder un diente así! ¡Soy el más desafortunado de los duendes!

—Pues no sé para qué puedas querer mi diente, aunque es cierto que es muy bonito, como me cepillo tres veces al día —respondió ella—. Tal vez si me explicaras...

El hombrecillo se sentó en la cama con aire desconsolado.

—Nuestra reina siente pasión por los caramelos, así que se rompe los dientes varias veces a la semana. Tenemos a varios especialistas haciendo constantemente dientes de repuesto; me paso la vida de cuarto en cuarto vigilando a los niños que duermen para llevarme sus dientes y los sustituyo por estos, hechos de plástico.

Sacó de su bolsillo un dientecito idéntico al de Martina y se lo mostró.

—Algunos me han visto, pero corro a esconderme en cualquier agujero, de ahí viene la historia del ratoncito. Hoy —dejó escapar un sollozo— ha sucedido lo que nunca antes, ¡he sido atrapado! Cuando regrese a mi reino, seré el hazmerreír de todos.

—Espera, no vayas a llorar —dijo Martina—, puedes llevarte mi diente, será un placer ayudar a tu reina y evitar que hagas el ridículo. Pero por favor, apresúrate y déjame el de repuesto. He pasado la semana diciendo que me encantaría que el ratón me dejara una colección de cuentos clásicos.

—¿De veras? ¿Me lo regalas?

El duende, olvidando su rodilla maltrecha, se puso a saltar de alegría con el diente en la mano. La niña asintió, tomó el dientecito plástico, lo colocó bajo su almohada y en ese preciso instante sintió un movimiento en el pomo de la puerta.

El duende saltó por la ventana a una velocidad increíble; ella se colocó en posición perfecta de niña dormida y cerró los ojos, justo a tiempo para no ser sorprendida por sus padres.

—Coloca con cuidado los libros, que no se vayan a caer— escuchó la voz de su padre—; hoy el cuarto de nuestra hija está más desordenado que nunca.

Los padres se marcharon de puntillas y Martina se quedó en cama, con los ojos cerrados.

No estaba dormida, tampoco había sucumbido al deseo de encender la luz de su mesa de noche y echar una ojeada a los libros, ya habría tiempo para eso mañana. Ahora soñaba despierta...

No todos los días se puede salvar la reputación de un duende y ayudar a una reina comedora de caramelos.



FIN


© Marié Rojas Tamayo

•.¸¸.★.¸¸.•

Ilustración de Pilar Ribas Maura

•.¸¸.★.¸¸.•

Vito y leído en: EL BAÚL DE LOS DISFRACES -LA CASA DE ASTERIÓN. Revista Trimestral de Estudios Literarios. Volumen VII – Número 26. Julio-Agosto-Septiembre de 2006. Barranquilla - Colombia

•.¸¸.★.¸¸.•

0 comentarios:

Publicar un comentario

 

©Copyright 2012 www.reinventaweb.com

Garabatos sin © (2009/2017) | Analía Alvado

Ilustraciones Alex DG©