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Cuento: EL ESCAPARATE, de Clara Redondo


De los sesenta y cinco escaparates que había en el centro comercial, aquel al que Azul tenía la nariz pegada era su favorito.

Tres maniquíes blanquísimas y calvas parecían mirarla con descaro. No era la primera vez que se quedaba así delante de ellas. Azul hacía lo mismo todos los sábados del año. Hiciera frío o calor. Tronara o se cubriera el barrio de nieve. Porque ir al centro comercial era la afición preferida de toda la familia (ella, su madre y su padre). Deseaban que llegara el sábado para recorrer todas esas tiendas maravillosas que estaban colocadas en fila india a lo largo del majestuoso pasillo del centro comercial. Por orden, entraban y salían de cada tienda, se probaban la ropa, los zapatos, todo, en busca de la mejor oferta.

Aunque cada uno tenía su tienda favorita. La madre se paraba más rato en la papelería: le chiflaban las libretas de todos los tamaños, los diarios, los rotuladores de colores. Al padre sin embargo le gustaba la del menaje del hogar: qué peladores de patatas, qué sartenes variadas, qué cacerolas para guisar ricos platos… Hacían un recorrido que duraba exactamente dos horas y tres cuartos, y después pasaban a reponer fuerzas a la hamburguesería Rocky II. Allí discutían si una hamburguesa de un piso o de dos, con queso o sin lechuga, y siempre se decidían por la de dos pisos sin lechuga y con queso. Finalmente se iban para casa, satisfechos de no haberse dejado ni una sola tienda sin revisar.

Pero aquel día la rutina se rompió. La culpa la tuvo Cleopatra, el maniquí de la derecha, que iba disfrazada de mujer esquimal: bufanda, jersey de lana, abrigo de piel y un gorro rojo que no disimulaba su calva. Además, unos pantalones dejaban ver lo flaquísima que estaba. A Azul le gustaba Cleopatra, como le llamaba ella, porque se parecía a esa reina egipcia que se enamoró de un romano hacía muchos años. No sabía por qué, pero siempre se la quedaba mirando detrás del cristal, como si de un momento a otro le fuera a decir algo. En realidad, eso fue lo que ocurrió aquella tarde. Mientras sus padres se perdían entre la gente, Azul vio de pronto cómo Cleopatra le hacía señas con un dedo como diciéndole ven, ven, entra. Menudo susto se pegó la pobre Azul, que empezó a temblar como un muelle y se tuvo que dar un par de golpecitos en la cabeza para ver si estaba soñando.

Pero no, no era un sueño. «¿Estaré chiflada?», se preguntó. No le dio tiempo a nada más, pues el maniquí volvió a hacer de nuevo el mismo gesto con el dedo.

Parecía impaciente de verdad. Sin pensarlo mucho y sin que nadie la viera, entró en la tienda y se coló en el escaparate.

«¡Guaaau!», dijo cuando vio el ir y venir de la gente al otro lado del escaparate. «¡Guau!», repitió cuando Cleopatra empezó a hablar.

—¡Por fin has entrado, niña!

Oír hablar a un maniquí impresiona, sobre todo si está calva como una pelota; y si no, que se lo digan a Azul, que se quedó helada, como si se hubiera colado en un frigorífico. Después de unos segundos, entró en calor.

—¡Puedes hablar!

—Pues claro que puedo, pero no lo hago nunca. ¿Con quién lo iba a hacer si estos dos pasmarotes nunca han dicho ni una palabra? Todo el día embobadas mirando a la gente pasar.
Menudo tostón. Niña, dejémonos de tonterías y vayamos al grano. Necesito que me saques de aquí.

—¿Que te saque de dónde?

—De dónde va a ser, de aquí, de este maldito escaparate. Me aburro. Me aburro. Me aburro. Me aburro… —Parecía un disco rallado.

—Vale, vale, para. Ya me he enterado. Pero ¿cómo es que te aburres aquí con tanta gente?

Azul se volvió hacia el cristal y se quedó embelesada otra vez con todas las personas que pasaban de largo ahí afuera. Hasta le sacó la lengua a un niño que la miraba. Pero Cleopatra la interrumpió.

—Mira, niña, no lo voy a decir más. Me aburro y punto. Lo que no entiendo es por qué vienes tú aquí todas las semanas.
¿Es que no se te ha ocurrido irte al cine, a jugar un partido de baloncesto con las amigas, a tomar un chocolate con churros, a patinar sobre hielo, a escalar rocas en la montaña, a…?

—¡Silencio! —Azul se había cansado de oírla refunfuñar—. Mis padres y yo venimos aquí porque nos gusta y porque… ¿Has dicho escalar una montaña? Nunca se me había ocurrido.

—Tienes la cabeza hueca, niña. Si me sacas de aquí, te daré un montón de ideas. Venga, no perdamos tiempo.

—¿Cómo voy a sacarte de aquí? Eres demasiado grande. Y mis padres me estarán buscando. Me tengo que ir. Lo siento. Me tengo que ir.

Azul se había puesto nerviosa. No estaba acostumbrada a emociones fuertes como esta. Sin que nadie la viera, salió de allí y localizó a sus padres delante de una tienda. Estaban preocupadísimos, sí. Pero por el precio de unas botas que lucían en el escaparate de «¡los zapatos más baratos del universo!», según anunciaba su publicidad. Y Azul se arrimó a ellos como si no hubiera ocurrido nada de nada.

Cuando terminaron de cenar sus hamburguesas de dos pisos sin lechuga y con queso, se fueron hacia el coche. Los padres parecían satisfechos, pero Azul estaba como en otro planeta.

—¿Qué te pasa, hija, que estás muy pensativa?

—Nada, mamá, me estaba imaginando escalando una montaña…

—Qué cosas tienes. Anda, métete en el coche —le dijo su padre.

Ya en la cama, Azul no hacía más que pensar en Cleopatra.
¿Cómo se las iba a arreglar para sacarla de allí? Ella medía un metro treinta, y Cleopatra casi dos metros, era una giganta comparada con una niña como ella. La cosa pintaba difícil, pero
Azul no se iba a echar atrás y empezó a maquinar un plan. Esa misma noche, mientras miraba al techo porque no podía dormir, de repente se acordó de algo. De un salto se levantó y empezó a rebuscar nerviosa en el cajón de los trastos, donde guardaba los juguetes que nunca utilizaba. Allí estaban: las tres muñecas.

A Azul no le gustaba jugar con muñecas, pero la tía Moli se había empeñado en que le gustara, y por su cumpleaños le regalaba siempre una de esas patilargas y delgaduchas con vestidos que a Azul le parecían supercursis. Sentada en la alfombra, empezó a tocarlas y a retocarlas; les daba la vuelta, les subía las piernas hasta dar con ellas en la frente o en la nuca, les descoyuntaba la cabeza, les hacía un burruño, les ponía en posturitas imposibles… Hasta que un «crack» le dio la idea.

A la mañana siguiente, Azul empezó a contar los días que faltaban para que llegara el sábado. Seis. Cinco. Cuatro. Tres y medio. Tres. Dos. Uno. Por fin llegó el sábado. Día del centro comercial. Aquella tarde, Azul tenía en el estómago una sensación nueva: un baile de bichos que parecían contentos. Esto le hacía mucha gracia, le encantaba, le activaba la circulación y también los pelillos de los brazos. La familia al completo llegó con puntualidad al centro comercial. Los padres tenían una misión: recorrer las tiendas durante dos horas y tres cuartos buscando las mejores ofertas. Azul tenía otra misión: rescatar a Cleopatra. Camufladas en su mochila, llevaba todas las herramientas necesarias, o sea, un palo y unos guantes para no dejar huellas.

No fue difícil escabullirse de sus padres, pues enseguida se entusiasmaron al ver que habían empezado las rebajas. En el instante en que entraron en la primera tienda, Azul se dio media vuelta y salió corriendo hacia la tienda de Cleopatra.

Cuando Azul se asomó al escaparate, el cristal tembló como si hubiera habido un miniterremoto. Estaba claro que al maniquí le había dado un ataque de alegría al ver a la niña, aunque lo disimuló refunfuñando. Después de los saludos y la regañina, Azul empezó a trabajar. Crunch, clonk, clonk, ññrrrc, plof, mmmmñ, ay. «Ya está. A la mochila, Cleopatra».

—¿Cómo que Cleopatra, niña? —se oyó una voz lejana allá adentro.

—Ya te lo explicaré. Ahora tenemos que salir de aquí.

Lo que entró siendo una mochila vacía se convirtió en una mochila cargada con dos brazos, dos piernas, una cabeza y un tronco. Así, a mogollón. Iba llenita, sí, y vale, pesaba mucho, pero Azul era fuerte y disimulaba muy bien, así que nadie se dio cuenta de que en el centro comercial se había cometido un robo.

Un robo pequeño. Un robito. Un robo por necesidad.

Azul no pudo convencer a sus padres de que por una vez en la vida no cenaran hamburguesa. Aquello era sagrado. Y es que tenía tantas ganas de irse de allí… Cuando llegaron a casa apenas dijo buenas noches y se encerró en su cuarto. Estaba deseando recomponer a Cleopatra. Después de varios crunch, clonk, clonk, ññrrrc, plof, mmmmñ, ay, el maniquí volvió a ser lo que era. O casi.

—¿Quieres hacer el favor de colocarme bien la cabeza, niña? ¿Y qué es eso de Cleopatra?

—Vale, no te enfades. Y si quieres, mejor te llamo Cleo.

—Me da igual, llámame como te plazca. Ya por fin he salido de aquella pecera insípida. Cualquier cosa que hagamos será más divertida.

—Se dan las gracias por lo menos, ¿no? Me he jugado el pellejo por ti.

—Dejémonos de tonterías y vayamos al grano. A ver, qué plan tenemos para mañana.

—Mañana es domingo, y mi familia y yo no hacemos planes los domingos. Vemos la tele y comemos palomitas.

Cleopatra se quedó muda de repente y con la mirada perdida en un punto infinito a través del cristal de la ventana. Mejor dicho, infinito no. Allá a lo lejos se veía una pelota roja que se escondía entre unas montañas.

—¿Qué te pasa, Cleopatra? ¿Te has muerto? Dime algo.

Azul empezó a zarandearla con tanta energía que se quedó con un brazo en la mano.

—¡Niña, niña, pero qué haces! —Cleopatra había vuelto a la vida—. No digas tonterías. Estoy más viva que nunca. Y esto es lo que vamos a hacer mañana.

Y se le acercó al oído para hablarle bien bajito. Azul no comprendió muy bien en ese momento lo que significaban las palabras de Cleopatra, pero más tarde se daría cuenta de la suerte que había tenido encontrándose con ella.

A la mañana siguiente, Azul se levantó más temprano que de costumbre y con ganas de agradar.

—Pero, hija, vaya novedad. ¿Qué mosca te ha picado? —le dijo su padre cuando vio en la mesa de la cocina un suculento desayuno listo para comer.

En ese momento apareció la madre.

—Santo cielo, ¿qué es esto? ¿Estás bien, querida hija? ¿No te habrás puesto enferma de repente? ¿Tienes fiebre? Ay, madre mía, algo le ha pasado a nuestra hija.

—Mamá, papá, quiero pediros algo. Quiero que nos vayamos a pasar el día a aquellas montañas que se ven desde mi ventana.
—Silencio—. Ya sé que no lo hacemos nunca. Sé que nunca vamos al campo los domingos. Que no os gusta el campo.
Sé que vais a decir que no. Que los domingos los pasamos siempre en casa. Que no os gusta romper las costumbres. Que estáis muy cansados de ayer…

—Espera, espera, no vayas tan rápido —la paró en seco su madre—. ¿Es que acaso no te gusta pasar los domingos con tu familia? Nosotros pensábamos que era precisamente eso lo que más te gustaba. ¿No es así, querido?

—Así es, querida.

—Bueno, sí, pero no, no sé… Es que tengo algo más que contaros.

—Azul no sabía cómo decir lo que quería decir, pero al final lo dijo—. Os quiero presentar a alguien.

Salió corriendo y volvió cargada con Cleopatra. Mamá y papá miran a Cleopatra. Mamá mira a papá, papá mira a mamá, los dos miran de nuevo a Cleopatra, Cleopatra no se atreve a decir nada (claro, cómo iba a decir algo), Azul los mira a los tres.

Menuda impresión.

Azul les cuenta —muy seria— que Cleopatra le ha pedido que la lleve a la montaña, que es la ilusión de su vida.

—No puedo defraudarla.

Papá mira otra vez a mamá, que se ha quedado blanca. Mamá mira de arriba abajo a Cleopatra (que está quietecita, claro) pero no pregunta nada. Azul espera una respuesta.

—Muy bien, hija, como tú quieras. Pero tranquila, no te pongas nerviosa, que todo va a salir bien —dice la madre, a quien le tiembla la voz, y le susurra al padre al oído—. Ay, dios mío, qué le ha pasado a nuestra hija. Venga, vístete, que nos vamos.

Cuando llegaron a aquella montaña que se veía desde la ventana de Azul, todo sucedió como era normal que sucediera.

Azul se dedicó a saltar por todos los riscos que había a su alrededor, a localizar los sapos del estanque, a cruzar el río una vez y otra vez sin caerse y cayéndose, a revolcarse por la ladera verde e inclinada. También se escondió detrás de un árbol porque le entraron ganas de hacer pis. Y jugó con un grupo de niños al escondite entre los árboles. Y comió un bocadillo de salchichón.

Mientras, sus padres miraban sorprendidos cómo disfrutaba, y se alternaban para llevar a Cleopatra, que pesaba mucho menos de lo que se suponía que pesaban sus casi dos metros de altura.

Parecía que flotaba en el aire.

—Querido, no imaginaba que esto de venir al campo le gustara tanto a nuestra hija.

—Yo tampoco.

—¿Tú crees que debemos traerla aquí de vez en cuando? Parece que le sienta bien.

—¡Mamá, papá! —gritó Azul desde lo alto de una roca—. ¡¿Podemos venir el próximo domingo?! ¡Por favor, por favor!

Mamá mira a papá y papá mira a mamá. Cleopatra, en medio.
No tienen nada más que decirse.

Y la historia termina así: Azul no hizo caso a Cleopatra en todo el día. A Cleopatra le gustó el campo, pero echó de menos su hogar. Lo echó de menos, sí, aunque para vivir prefirió la casa de Azul, porque se estaba calentito, porque los domingos se iban los cuatro al campo, y porque de vez en cuando —de-vez en-cuando—, Azul la metía en su mochila y la llevaba a ver a sus dos compañeras, que allí seguían, como dos pasmarotes, mirando a la gente pasar encerradas en aquella pecera.



FIN


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Visto y leído en:
Cuentos para educar sobre ocio y tiempo libre (PDF) - Dirigidos a niñas y niños de entre 6 y 12 años
Autores: Raquel Míguez - Clara Redondo - Esperanza Fabregat.
Ilustraciones: Rubén Jiménez “El Rubencio”.
Edita: CEAPA (CONFEDERACIÓN ESPAÑOLA DE ASOCIACIONES DE PADRES Y MADRES DE ALUMNOS)


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Ilustraciones Alex DG©