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Cuento: Una tarde en el monte chaqueño. Por Oche Califa


Reserva Natural Pizarro

Todos los chicos de Pizarro siempre buscan miel en el monte, al llegar la época, que es al inicio de la primavera. Y cuando encuentran los panales de las distintas abejas, se agarran unas alegrías bárbaras. Tanto criollitos como wichicitos se ponen contentos por la panzada que promete el hallazgo.

Los más especializados son los wichis, que llaman chabotaj o pinu a la miel, según la especie de abeja que la haya producido. A estos chicos, sus mamás les piden también que se fijen en qué parte del monte hay chaguar para recoger y poder hacer sus yicas, bolsas en las que guardan los frutos y las piezas que cazan los hombres, cuando salen por las tardes.

Y siempre les recomiendan que se fijen bien por dónde caminan, para no pisar una yarará o una ampalagua. Porque estas víboras andan por todo el monte, y son muy peligrosas, si se las molesta.

Pero lo cierto es que los chicos van y vienen y juegan libres en su ambiente.
Aunque, de a ratos, ¡y como el calor es fuerte!, se detienen bajo los árboles que más sombra dan, como el palo santo, el palo borracho, el quebracho y la brea. Ahora, quietos bajo un ejemplar del primero, están a punto de comenzar sus charlas.

Sin embargo, un ruido extraño los hace callar y poner alerta. ¿Es un chancho de monte que ronda? También hay que tener cuidado con ellos, aunque no atacan a nadie, a menos que crean que se los persigue. Pero un chancho de monte confundido puede ser peligroso.

Los chicos esperan un rato y luego se dan cuenta de que el ruido no se oye más.

Con este sol, difícil que algún animal quiera pasear por el monte. Por eso hay tanto silencio. Y por eso la conversación y las risas de los chicos se oyen tan claras. Sobre todo cuando uno de ellos dice:
–Con mi primo atrapamos un loro hablador y le enseñamos a decir “quirquincho, quirquincho”.

Y luego agrega:
–Y otras cosas.

–¿Qué cosas? –pregunta otro.

Pero el chico ríe y todos se dan cuenta de que el loro dice malas palabras.

De pronto vuelve a oírse el ruido, como un rugido a lo lejos. Todos giran sus cabezas hacia el lugar de donde proviene, y con los ojos bien abiertos se miran entre sí, sorprendidos de lo que imaginan: un anta, un chancho, un puma.

Parece que algo viene y se abre paso en el monte.

¿Qué será? Los chicos esperan un rato, y al final se dan cuenta de que son las máquinas que están volteando el monte, con cadenas, para plantar soja. En la escuela han aprendido que eso no puede ser así, no sin cuidar que el monte no desaparezca.

–Por eso ahora Pizarro es reserva –comenta uno.

Vuelven, de pronto, a sus charlas sobre animales, que tanto les gustan, y uno de ellos cuenta que con su padre, el día anterior, han pillado un caraguay (iguana colorada) y que el estofado estuvo muy rico. Los otros ríen y cuentan sobre los quirquinchos que van a comer por la noche, ya que sus mayores también hicieron una buena cacería de ellos.

Entonces alguien exclama:
–¡El partido de fútbol!

Sí, se han acordado que es la hora para el desafío que armaron por la mañana en la escuela, con los chicos criollos.

El partido es en la cancha del pueblo y los wichis les tienen muchas ganas, porque hace rato que no pueden vencerlos. Así que van para el lugar y se “agarran” a jugar un partido por el honor. Entre gritos, transpiración y alegrías, consiguen un milagroso empate, faltando dos minutos para terminar.

Echados en el pasto, vuelven a la charla, esta vez wichis y criollos juntos. Y uno de ellos propone ir, una de esas tardes, al cerro, a la selva, para llegar hasta las aguas termales y, así, poder bañarse y disfrutar de lo que tiene el monte de Pizarro… que no tiene río.

–Pero hay que salir con tiempo –advierte uno.

Sí, para que no los agarre la noche al regresar. La vegetación allí es mucho más frondosa y, si oscurece antes de que salgan del lugar, pueden perderse.

Por supuesto que las familias se pondrían intranquilas si eso ocurre.

La tarde va cerrando en Pizarro; viene la noche.

Muchos de sus animales ocultos saldrán, entonces sí, a buscar comida. Y hablando de comida, los chicos, que no han traído miel a la casa, porque hicieron otras cosas, ya van pensando si la noticia del empate en el fútbol servirá como consuelo por volver con las manos vacías.

No lejos de allí, una madre pregunta a otra:
–¿Ha visto a los chicos?

Y la primera responde:
–No. Pero, déjelos, que cuando tengan hambre ya va a ver cómo aparecen solos.

Y es verdad. Es verdad en Pizarro y en todas partes…



Fin ✿◕‿◕✿


“Una tarde en el monte chaqueño”, de Oche Califa
Ilustraciones: Diego Florio
Colección: “Parques Nacionales: leelos, cuidalos, disfrutalos”
Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología. Unidad de Programas Especiales. Campaña Nacional de Lectura. República Argentina, 2007


Criollo, es un americanismo que se empleó desde la época de la colonización de América aplicándolo a los nacidos en el continente americano, del país, pero con un origen africano o europeo.

Wichi, (Hermanos del monte y del río) pueblos originarios, en Argentina viven en Salta, Formosa y Chaco. También en Bolivia y Paraguay.
Es pueblo del monte, pero hoy solo les quedan tierras marginales, montes deteriorados debido a la tala indiscriminada de árboles y a la cacería de fauna autóctona.

Quirquincho (del quechua khirkinchu) es un pequeño mamífero, conocido también con el nombre de armadillo o peludo. Fácilmente distinguible por tener una armadura ósea que le sirve como protección.

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