
UN MUNDO DE DIFERENCIAS
El respeto por la diversidad tratado con la simpleza de las figuras geométricas. «Personajes esquemáticos creados con cartulinas y simples tramas de colores son capaces de transmitir las claves de la convivencia».
CUENTO INFANTIL: POR CUATRO ESQUINITAS DE NADA
A PARTIR DE 6 AÑOS ❤◕‿◕❤
CUADRADITO JUEGA CON SUS AMIGOS REDONDITOS.
¡RING! ES LA HORA DE ENTRAR EN LA CASA GRANDE.
¡PERO CUADRADITO NO PUEDE ENTRAR! NO ES REDONDO COMO LA PUERTA.

El árbol era como una fiesta de cantos y colores. Docenas, cientos, miles de pajaritos de toda clase se juntaban para ensayar sus canciones apenas amanecía.
Y entonces el día parecía más lleno de luz y el monte se vestía de fiesta.
Ahí estaban todos los pajaritos.
Estaba el tordo pico blanco y la calandria, la torcacita y el cardenal, el siete colores y la viudita, la cotorrita verde y el hornero, la tijereta y el picaflor.
Estaban todos, y también estaba Pajarito Remendado.
Y aquí comienza la historia porque, al fin y al cabo, ésta es la historia de Pajarito Remendado.
Se llamaba así desde que una tarde, peleándolo, la urraca le gritó:
—Cra cre cri, Pajarito Remendado, cri cro cru.
Y así le quedó el nombre para siempre, porque sus plumas de distintos colores parecían los remiendos de un traje viejo.

Papitodo era principalmente un odo, así que usaba flequillo y zapatos redondos. Y era amable con todos. Por ejemplo, jamás pasaba al lado de una hormiga sin decirle buenos días y los gusanos, que son un poco lentos, los dejaba pasar primero.
Como bien se sabe, los odos suelen vivir en latitas de azafrán, pero Papitodo alquilaba un cuarto en la Lata de Arvejas del odo Pancho porque en ese tiempo escaseaban mucho las latitas.
Papitodo era pintor. Pintaba los faroles de la plaza, las chimeneas de los caracoles, los pasillos de las casas de las hormigas y, si lo dejaban, era capaz de pintar los pastitos uno por uno, porque Papitodo era un pintor de alma y le encantaba pintar, de colorado y de azul, a rayas y a cuadritos, del revés y del derecho, con brocha y con pincel. Así se iba a trabajar muy contento todas las mañanas.

Hubo un tiempo en que el Fondo del Jardín estaba lleno, llenísimo de odos. Había odos chicos y medianos, odos gordos y odos flacos, odos morochos, rubios y pelirrojos. Había unos odos muy estudiosos que se llamaban doctodos y otros odos más bien tímidos que se escondían detrás de las hojas del laurel.
Los odos vivían en latitas de azafrán y jugaban al fútbol con arvejas. Y se llevaban bien con todo el mundo, con los grillos, con las hormigas y con los gusanos.
Los odos son buena gente: trabajan y juegan o juegan y trabajan, según el día. Menos los odos chicos, que juegan y juegan, porque para eso son chicos, qué tanto.
Nicolodo era un odo mediano, más bien chico, aunque ya usaba pantalones largos y zapatos redondos. Pero Nicolodo trabajaba. Era mecánico de escarabajos en la calle del Hormiguero, cerca de la Plaza Margarita.

Cuando llegó no era más grande que una hormiga. Invisible, sí, pero una hormiga. Y entró sacando pecho como si fuera a comerse el mundo.
Dicen que se metió en el barrio como pancho por su casa. Como ciudadano ilustre.
Que empezó el atracón por lo más grande: por la calle principal a la hora en que los autos, la gente y los oficios parecen tener cuerda para rato.
Que se tragó las sirenas, dicen. Las bocinas, el ronroneo de los motores, las frenadas de los colectivos y el estornudo de un canillita.

Le decían «El Besuqueador» o «El Besuquero». ¡Y bien merecido por cierto!
Aquel muchacho tenía una costumbre rarísima.
¿Saben cuál? Pues besar a personajes famosos. Se lo pasaba viajando de un lado a otro, en compañía de su fotógrafa particular. Iba llevado —tan sólo— por su deseo de estampar sonoros besos en las mejillas de presidentes, actores, deportistas escritores, músicos, bailarines...
A cuanto personaje muy conocido lograba acercarse... ¡CHUIC!... le daba un beso. Su fotógrafa particular apresaba aquel momento en su maquinita: ¡CLIC!

Había una vez un perro que tenía un hombre que se llamaba Juan.
Digo que el perro tenía al hombre y no el hombre al perro porque —ciertamente— era así. El dueño del hombre era el mismísimo perro, un bello afgano color champán, al que habían bautizado «Sacha von Mirosnikov» —según constaba en los documentos suscriptos el día en que Juan lo había comprado— y que familiarmente respondía al nombre de Pucho.
Si bien se afirma que los afganos no suelen ser animales demasiado dotados —salvo en su aspecto físico— este Pucho era la excepción a la regla. Ya de cachorro había empezado a demostrar sus naturales condiciones de líder (líder únicamente de Juan, claro, pero líder al fin).

El sueño apenas era…, era tan apenas que definirlo minúsculo ya era hacerlo grande.
Sin embargo tenía tantas ganas de vivir, de ser…, de crecer, que se volvió un suspiro.
Primero voló por donde vuelan todos los sueños, sean grandes o pequeños, alrededor de la noche, sobre la luna. Paró de vez en cuando a descansar sobre el regazo de alguna que otra estrella, puesto que era tan… tan pequeñito que se cansaba.
Por este motivo y sin proponérselo se le fue pegando un poco de brillo de cada estela, de las estrellas en la que se posaba.
Y fue entonces que aún siendo tan sólo un suspiro, si decidía seguir creciendo mientras volaba, se hacía visible por culpa de esas chispitas que le vestían.
Al sueño le pareció divertido eso de ir señalando sus primeros pasos. Y jugando… y jugando… llegó bailando hasta los tejados.
De los tejados descendió para mirar por las ventanas. Entonces vio como los niños dormían, los vio felices y tranquilos. Todos los niños dormían menos uno, que con los ojos abiertos… ¡suspiraba y suspiraba!
Tanto suspiraba ese niño que en un… ¡suspirar! a ese sueño chiquitito lo respiró.
Entonces… el sueño que ya estaba dentro del niño comenzó a crecer… crecer… y crecer.
Por eso el sueño se sintió tan feliz, tan feliz se sentía según crecía dentro de aquel niño, que el niño también terminó sintiéndose feliz.
✿◕‿◕✿

Algunas historias cuentan que un día Dios trabajó con un poco de barro, usando toda la habilidad que tienen las manos de Dios.
Tenía ganas de hacer algo de lo que no tuviera que arrepentirse. Había hecho muchas cosas pensando que eran una obra perfecta, como el hombre o las arañas, pero después sólo sirvieron para las burlas del diablo.
No era grave que el diablo se burlase, ya se sabe que del diablo se puede esperar cualquier cosa. Lo grave era que tenía razón.
—¡Añámembuí! Dijo Dios para practicar un poco de guaraní, pero sin saber muy bien lo que estaba diciendo.
—¡Ahora las cosas van a ser diferentes!
Y las manos de Dios modelaron sin apuro, hasta que apareció el pájaro más pequeño y más hermoso.
Apenas era un trozo de barro, pero el ojo de Dios ya podía ver los colores irisados en esa mezcla de verde y azul que pensaba usar para su obra maestra.
Lo puso en una rama, dio un paso hacia atrás, para mirarlo mejor, y dijo:
—¡Qué envidia le va a dar al diablo!
Casi se arrepiente por tener esa clase de pensamientos, pero ya estaba cansado de arrepentirse, y entonces se dijo:
—Si yo no voy a poder pensar como se me dé la santísima gana...

Todo el mundo sabe que hay caminos verdes, caminos grises, caminos marrones, caminos rojos. Todo el mundo sabe que hay caminos derechos y caminos torcidos, que suben, que bajan, o suben y bajan.
Todo el mundo conoce esos caminos, pero muy pocos saben de los caminos olvidados.
Y es lógico que sea así. Si no, no serían caminos olvidados. ¿Qué cómo son esos caminos?
¿Qué dónde están?
Si fuera tan fácil responder, tampoco estaríamos hablando de caminos olvidados. Apenas están en la memoria de los que sueñan con una bicicleta roja y pelean y pelean hasta conseguirla.
Esos son los caminos ideales para una bicicleta roja. Y el Negro tenía una bicicleta nueva que podía correr más ligero que el viento.
¡Cómo brillaba la bicicleta nueva!
Bueno, eso de nueva era hasta por ahí nomás, porque le habían regalado una bicicleta herrumbrada que vaya a saber desde cuándo estaba en un galpón.
Pero su papá le había comprado las cubiertas, las cámaras, y un asiento.
Las llantas, el cuadro, el manubrio, el piñón, los pedales, eran una sola capa de herrumbre pero el negro frotó y frotó, gastó y gastó trapos con agua, con kerosén, con aceite.
Despacito, los pedales comenzaron a girar después de limpiarlos y aceitarlos una y otra vez.