Cuentan que el diablo estaba harto de navegar encerrado en una botella. Pero esperaba que se le diera la buena porque sabía que siempre que llovió, escampó.
Y así fue. Un día la botella se hizo pedazos en una roca y el diablo salió como loco haciendo tumbacabezas.
Enseguida se puso a buscar un buen lugar para vivir. Era pretencioso y haragán, quería verlo todo desde arriba y que lo transportaran, lo cuidaran.
Cuando vio pasar a la hermosa muchacha, no dudó más. Se le prendió como un abrojo en el pelo. Imposible de desenredar. Se acomodó muy contento sobre la espalda y así andaba, de patas cruzadas.
Criticaba todo lo que veía, decía groserías a los demás y se tiraba pedos con el mayor desparpajo.
La muchacha vivía llena de rabia y de vergüenza, sin poder sacárselo de encima. Trató de ocultarlo, de esconderse, de parar el planeta, pero todo fue inútil.
El diablo le comía la comida, le enturbiaba el agua y se le metía en los sueños.
Entonces la muchacha decidió hacer huelga de soledad. Se recluyó durante mucho tiempo dispuesta a no comer ni hacer nada de nada.

Hipo tiene hipo
Hipo es chiquito
Y vive en un charquito
Cuando le da hipo
Va nadando a saltitos
Hipo crece crece
Todos los días poquito
¡Hip! está dormido
Hipopótamo dormilón
Un vaso con agua
Busca un susto de león
Para que se cure
Este hipo de melón ¡Hip!
Había una vez un árbol que amaba a un pequeño niño. Todos los días el niño venía y recogía sus hojas para hacerse con ellas una corona y jugar al rey del bosque. Subía por su tronco, se mecía en sus ramas y comía manzanas. Jugaban juntos a la escondida y cuando se cansaba, el niño dormía a su sombra.
Y el niño también amaba al árbol y el árbol era feliz.
El tiempo pasó, el niño creció y el árbol solía quedarse solo esperándolo. Un día, el árbol vio venir al niño.
—Vení niño, subite a mi tronco, hamacate en mis ramas, comé mis manzanas, jugá bajo mi sombra y sé feliz —le dijo.
—Ya soy muy grande para trepar y jugar —dijo el niño— yo quiero comprar cosas, divertirme. Necesito dinero. ¿Podés darme plata o me voy?
—Lo lamento, —dijo el árbol— sabés que plata no tengo, sólo hojas y manzanas. Agarrá mis manzanas y vendelas en la ciudad… tal vez así consigas la plata que querés.

UNO
Él se sentó a esperar bajo la sombra de un árbol florecido de lilas.
Pasó un señor rico y le preguntó:
—¿Qué hace usted, joven, sentado bajo este árbol, en lugar de trabajar y hacer dinero?
Y el hombre le contestó:
—Espero.
Pasó una mujer hermosa y le preguntó:
—¿Qué hace usted, hombre, sentado bajo este árbol, en lugar de conquistarme?
Y el hombre le contestó:
—Espero.
Una tarde un sapo dijo:
—Esta noche voy a soñar que soy árbol.
Y dando saltos, llegó a la puerta de su cueva. Era feliz; iba a ser árbol esa noche.
Todavía andaba el sol girando en la vereda del molino. Estuvo largo rato mirando el cielo. Después bajó a la cueva, cerró los ojos y se quedó dormido.
Esa noche el sapo soñó que era árbol.
A la mañana siguiente contó su sueño. Más de cien sapos lo escucharon:

Los sábados eran días especiales en casa de Sofía. La mamá cocinaba galletitas de coco, de chocolate y de miel. Un olor riquísimo inundaba la casa y Sofía se moría de ganas de comerse el aire. Pero cuando sacaban las galletitas del horno, apenas si probaban una o dos y enseguida las guardaban en una lata azul y roja para el día siguiente.
La mamá planchaba la ropa que se pondrían al otro día, y si le quedaba tiempo iba a la peluquería.
Sofía, en cambio, se pasaba la tarde entera dibujando. A la nochecita acomodaba todos los dibujos sobre el piso de la cocina y elegía uno, sólo uno, para el día siguiente.
El domingo se levantaban temprano, tan temprano que en invierno todavía era de noche. Sofía se vestía en un santiamén; su mamá, en cambio, estaba horas arreglándose el vestido, peinándose, ensayando sonrisas con los labios pintados.

Sobre la orilla del río. En una casita de madera, vivía una familia muy pobre. Eran tan pobres que la comida nunca alcanzaba para todos, y por lo menos uno tenía que quedarse en ayunas cada vez que la familia comía. Los niños le preguntaban al abuelo:
—¿Por qué no somos ricos? ¿Cuándo nos haremos ricos también nosotros?
El abuelo respondía:
—Seremos ricos cuando vuele el borrico.
Los chicos se reían. Pero algo creían. De vez en cuando, iban al establo, donde el burro masticaba su pasto seco; entonces, le acariciaban el lomo y le decían:
—Esperamos que no tardes mucho en decidirte a volar.
Por la mañana, no bien se despertaban, iban corriendo a ver al burro:
—¿Vas a volar hoy? Mirá que lindo, que hermosos cielo. Es un día perfecto para volar.
Pero el burro sólo le hacía caso a su pasto.

CARTA A LOS CHICOS
No sé si les dije que hoy es un día violeta, es decir de sol que amenaza con lluvia. De veredas repletas de gente que apenas se mira. Así son los días violetas. A mí me pasa que quiero escribir un cuento y la lapicera se me corre de las manos. Que tengo ganas de tomar leche con galletitas y seguro que si voy a la mesa me encuentro con un tazón de té. Y que no me enojo porque los violetas no son días de enojarse.
Podría ser azul, como cuando el cielo es un espejo y las caras de las personas parecen flores que se abren contra el viento. O rojo, como cuando todo parece estar a punto de suceder: una risa a punto de estallar, dos manos a punto de estrecharse, un avión a punto de levantar vuelo. Pero no. Ni rojo ni azul. El día de hoy es violeta y así son los días violetas.

Cuento» “CUELLO DURO”,
de Elsa Bornemann
—¡Aaay! ¡No puedo mover el cuello! —gritó de repente la jirafa Caledonia.
Y era cierto: no podía moverlo ni para un costado ni para el otro; ni hacia adelante ni hacia atrás... Su larguísimo cuello parecía almidonado.
Caledonia se puso a llorar. Sus lágrimas cayeron sobre una flor. Sobre la flor estaba sentada una abejita.
—¡Llueve! —exclamó la abejita. Y miró hacia arriba.
Entonces vio a la jirafa.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué estás llorando?

“SEXA”
–Papá...
–¿Hmmm?
–¿Cómo es el femenino de sexo?
–¿Qué?
–El femenino de sexo.
–No tiene.
–¿Sexo no tiene femenino?
–No.
–¿Sólo hay sexo masculino?
–Sí. Es decir, no. Existen dos sexos, masculino y femenino.
–¿Y cómo es el femenino de sexo?