
Los maizales no sólo existen en Estados Unidos. Incluso en los Monegros, donde no hay agua suficiente casi ni para beber, se han empeñado en plantarlos. Y son como los que se ven en las películas, como los de Sleepy Hollow y su jinete sin cabeza: profundas extensiones de plantas delgadas como juncos, pero cubiertas de grandes hojas que se enmarañan y no dejan ver a tan siquiera unos metros de distancia. Son campos en los que te puedes perder si no andas con cuidado, en los que el sonido desaparece haciéndote sentir en otro mundo. Y, por supuesto, son el sitio ideal para esconder una historia de miedo.
Es por esto que Samuel, Tomás y Marina iban siempre que podían hasta el lindero de las plantaciones de maíz.

A Zilia le gustaba visitar a sus abuelos franceses, los cuales vivían en una casita en Fort Fleur, en Normandía. Le encantaba dormir en la buhardilla, con las estrellas brillando a través de los ventanucos, y también ir a ver a las vacas, las gallinas y los cerditos de las granjas circundantes. Pero lo que más le gustaba de todo era jugar por el bosque que crecía en torno a la casa.
Zilia era una niña a la que le gustaba mucho leer, sobre todo historias de aventuras y de misterio, pero, viviendo en la gran ciudad, le resultaba muy difícil imaginarse en una misteriosa selva, o en una montaña recóndita donde sólo se escuchaba el canto de los pájaros. Entre edificios y coches le costaba creer que hubiera duendecillos, o hadas. Sin embargo, en Fort Fleur todo parecía posible, y pasaba las mañanas y las tardes corriendo y soñando entre los árboles.