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Cuento: LA INESPERADA HISTORIA DEL NIÑO CALABAZA. Por Juan Ángel Laguna Edroso.


Los maizales no sólo existen en Estados Unidos. Incluso en los Monegros, donde no hay agua suficiente casi ni para beber, se han empeñado en plantarlos. Y son como los que se ven en las películas, como los de Sleepy Hollow y su jinete sin cabeza: profundas extensiones de plantas delgadas como juncos, pero cubiertas de grandes hojas que se enmarañan y no dejan ver a tan siquiera unos metros de distancia. Son campos en los que te puedes perder si no andas con cuidado, en los que el sonido desaparece haciéndote sentir en otro mundo. Y, por supuesto, son el sitio ideal para esconder una historia de miedo.

Es por esto que Samuel, Tomás y Marina iban siempre que podían hasta el lindero de las plantaciones de maíz.

Se paraban en un montículo cercano y ahí, tumbados, fantaseaban con meterse dentro de los campos maduros. La sola idea de adentrarse unos pasos les hacía sentirse como grandes exploradores, y jugaban con ella una y otra vez. A lo largo del año tejían mil historias sobre lo que encontrarían en ese mundo mágico de los maizales -lobos, extraños brujos, caminos a mundos fantásticos de reyes y dragones-, pero había una en concreto, una sola, que era capaz de robarles un escalofrío: la historia del niño calabaza.

¿Habéis visto alguna vez un espantapájaros? Uno de verdad, uno de los que se construían a mano con ropa vieja y un relleno de paja. Los más aterradores, los que funcionan mejor para espantar a las aves que vienen a picotear el grano, son los que tienen una calabaza por cabeza, una de ésas que se preparan para el día de Halloween. Samuel y Tomás se preguntaban por qué un campo de maíz tan impresionante como el de su pueblo, que te hacía soñar con historias de exploradores y mundos fantásticos, no tenía, como resulta natural pensar que debería, un buen espantapájaros. Fue Marina quién les dio la respuesta: no es que su maizal no tuviera espantapájaros, sino que ellos no lo habían visto. ¿Y por qué no lo habían visto? La explicación era sencilla, pero inquietante: porque se escondía de ellos.

Sí, el espantapájaros de su maizal era capaz de moverse, de escabullirse de las miradas indiscretas, porque no era uno cualquiera. Normalmente, les contaba Marina a sus amigos, los espantapájaros aprenden bien su oficio con los años y se quedan bien visibles para que los pájaros no se atrevan a ir a picotear el grano. Pero el de este maizal no era un veterano, sino apenas un niño... o lo que fueran los espantapájaros antes de convertirse en verdaderos espantapájaros "adultos". El niño calabaza, les dijo que se llamaba, y no era difícil imaginar por qué: su cabeza le delataba como lo que era por mucho que intentara parecer un niño más cuando se escondía en la espesura. Era el guardián más terrorífico que pudieran imaginar los niños para aquellos campos, y por eso jamás hubieran entrado, y menos al anochecer, si no hubieran tenido una buena razón.

A veces las casualidades juegan malas pasadas; esto es algo que no hay que olvidar, pues cuando la mala suerte nos acecha, lo más importante es no tomar decisiones precipitadas. Es una verdad que aprendieron Samuel, Tomás y Marina cuando, jugando con el nuevo cachorro de ésta, apareció un gato en el lindero del maizal. Fue sólo un momento, un instante de sorpresa que aprovechó el perrito para escaparse de sus manos, ladrando como un loco, corriendo tras el gato. Éste, como es normal, se escabulló entre los altos tallos de maíz, y pronto se perdió de vista. Y con él, el cachorro de Marina. Y con el cachorro, Marina. Y tras ella, acongojados por las lágrimas que le asomaban a los ojos, sus dos amigos. ¿Cómo iban a dejarla sola dentro del maizal?

Se echaron a correr con todas sus fuerzas, como en el momento clave de una partida de polis y cacos. Y al principio pensaron que conseguirían alcanzar al perrito... pero no tardaron en perderle la pista: era imposible ver a aquella pequeña bola de pelo negro en mitad de aquellas enormes plantas. De repente, cuando se pararon a tomar aliento, era como si se hubieran metido en otro mundo, en un sitio que sólo tenía lugar dentro de la imaginación.

Los largos tallos susurraban mecidos por el viento, y ese leve rumor era todo lo que se oía. Un denso calor se aferraba entre las hojas, y sentían unas terribles ganas de rascarse continuamente.

— ¿Marina? ¿Samuel? ¿Estáis ahí? —Tomás empezaba a sentirse mareado entre tanta vegetación. Miraba a su alrededor, pero apenas distinguía algunos movimientos entre la maleza.

— ¿Tomás? ¿Eres tú? —La voz llorosa de Marina le llegó desde su izquierda—. No consigo encontrar a Bola de pelo...

— ¿Y a Samuel? ¿Puedes verle? —Tomás creía adivinar su silueta justo al otro lado, a su derecha, moviéndose entre las plantas de maíz, pero no alcanzaba a distinguir la camiseta roja de su amigo.

—Espera... Sí, aquí está —dijo Marina, y Samuel añadió: "Nos vamos a dar la mano para no perdernos de nuevo"—. Espéranos donde estás y salimos todos juntos hacia el montículo —terminó Marina.

Entonces Tomás se volvió hacia su derecha, hacia donde había creído que estaba Samuel, y vio que la maleza continuaba a moverse, y entre las ramas entrecruzadas consiguió ver una camiseta... azul... y una cabeza naranja que intentaba esconderse tras las hojas.

— ¡El niño calabaza! ¡El niño calabaza! —Gritó muerto de miedo, y sin pensárselo dos veces se echó a correr.

Asustados por sus gritos, Samuel y Marina se lanzaron también a la carrera, y en pocos minutos, intentando escapar y reencontrarse, se vieron totalmente perdidos en la espesura. Cada movimiento entre los tallos les desbocaba el corazón, cada sombra que pasaba a su lado les provocaba un escalofrío. Daba igual que fuera el viento, o un ratoncillo de campo: todo les sobresaltaba porque imaginaban al niño calabaza acechándoles con una terrible sonrisa en su cabezota.

Después de un rato totalmente perdido, Tomás no pudo aguantarlo más y se sentó a llorar bajo las plantas de maíz. Se sentía abatido, desamparado, y lo único que quería era volver a casa con sus amigos. Atraída por su llanto, Marina consiguió localizarle, y loca de alegría le dio un fuerte abrazo. Acto seguido, los dos lloraban abrazados, muertos de miedo y desesperación. Finalmente, Samuel encontró a sus amigos, y juntos lamentaron su mala suerte. ¡Perdidos para siempre en el maizal, vigilados por el niño calabaza! ¡A saber qué querría hacerles!

Y entonces, la maleza se sacudió una vez más y dio paso a ¡Bola de pelo! El cachorro asomaba su hocico entre las hojas de maíz. Pero había algo extraño, y es que lo hacía a medio metro del suelo ¡porque alguien le llevaba en brazos! Tras el perrito apareció el niño calabaza, y los tres amigos se echaron a gritar de nuevo.

El pequeño espantapájaros, sin embargo, no se lanzó sobre ellos con una sonrisa malvada, sino que inclinó su cabeza en un gesto lleno de tristeza y, sin acercarse, como si temiera asustarles más todavía, dejó al cachorro en el suelo y le conminó a que se acercara a los niños. Si hubiera podido, el niño calabaza también hubiera dejado resbalar unas lágrimas, pero es algo que los espantapájaros no pueden hacer.

De algún modo, el propio Tomás se dio cuenta y le dijo:

—Sólo querías darnos a Bola de pelo, ¿verdad? No querías asustarnos...

Con aquellas sencillas palabras pareció ocurrir algo mágico: la expresión de la calabaza que tenía por cabeza el niño espantapájaros cambió por completo, y, de algún modo, pareció brillar de alegría. Sin duda, no podía sonreír ni llorar como los otros niños, pero de algún modo también era capaz de hacerlo. Ahora, estaba claro, rebosaba felicidad. Esperanzado, asintió con su calabaza, y los niños dejaron de llorar y se echaron a reír.

— ¡Qué tontos hemos sido! —Pensaron dándose cuenta de que, en el fondo, el niño calabaza era eso: un niño como ellos que también necesitaba sus amigos. Y, de repente, se sintieron muy aliviados y felices, porque seguramente él sí que sabría cómo sacarles del lío en el que se habían metido.

Y así fue cómo Samuel, Tomás y Marina aprendieron dos cosas importantes: que hay que pensarse dos veces dónde se mete uno, y que los niños con cabeza de calabaza también pueden convertirse en buenos amigos.




FIN

Ilustraciones: Daniel Caminos

La inesperada historia del niño calabaza, fue una colaboración en Bibliopeque 2010 de Juan Ángel Laguna Edroso, aunque por algunos círculos lo conocen por otros pseudónimos, como Kachi Edroso, Patapalo, Bibliotecario Topo o Destripacuentos.

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