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Nave espacial. 3 cuentos a pedido...


1º Cuento: La luna roja

Había una vez un pequeño planeta muy triste y gris. Sus habitantes no lo habían cuidado, y aunque tenían todos los inventos y naves espaciales del mundo, habían tirado tantas basuras y suciedad en el campo, que lo contaminaron todo, y ya no quedaban ni plantas ni animales.

Un día, caminando por su planeta, un niño encontró una pequeña flor roja en una cueva. Estaba muy enferma, a punto de morir, así que con mucho cuidado la recogió con su tierra y empezó a buscar un lugar donde pudiera cuidarla. Buscó y buscó por todo el planeta, pero estaba tan contaminado que no podría sobrevivir en ningún lugar. Entonces miró al cielo y vio la luna, y pensó que aquel sería un buen lugar para cuidar la planta.

Así que el niño se puso su traje de astronauta, subió a una nave espacial, y huyó con la planta hasta la luna. Lejos de tanta suciedad, la flor creció con los cuidados del niño, que la visitaba todos los días. Y tanto y tan bien la cuidó, que poco después germinaron más flores, y esas flores dieron lugar a otras, y en poco tiempo la luna entera estaba cubierta de flores.

Por eso de cuando en cuando, cuando las flores del niño se abren, durante algunos minutos la luna se tiñe de un rojo suave, y así nos recuerda que si no cuidamos la Tierra, llegará un día en que sólo haya flores en la luna.


Autor: Pedro Pablo Sacristán

Ilustración: ©Diego Aldaz



2º Cuento: EL cohete de papel

Había una vez un niño cuya mayor ilusión era tener un cohete y dispararlo hacia la luna, pero tenía tan poco dinero que no podía comprar ninguno. Un día, junto a la acera descubrió la caja de uno de sus cohetes favoritos, pero al abrirla descubrió que sólo contenía un pequeño cohete de papel averiado, resultado de un error en la fábrica.

El niño se apenó mucho, pero pensando que por fin tenía un cohete, comenzó a preparar un escenario para lanzarlo.

Durante muchos días recogió papeles de todas las formas y colores, y se dedicó con toda su alma a dibujar, recortar, pegar y colorear todas las estrellas y planetas para crear un espacio de papel. Fue un trabajo dificilísimo, pero el resultado final fue tan magnífico que la pared de su habitación parecía una ventana abierta al espacio sideral.

Desde entonces el niño disfrutaba cada día jugando con su cohete de papel, hasta que un compañero visitó su habitación y al ver aquel espectacular escenario, le propuso cambiárselo por un cohete auténtico que tenía en casa. Aquello casi le volvió loco de alegría, y aceptó el cambio encantado.

Desde entonces, cada día, al jugar con su cohete nuevo, el niño echaba de menos su cohete de papel, con su escenario y sus planetas, porque realmente disfrutaba mucho más jugando con su viejo cohete. Entonces se dio cuenta de que se sentía mucho mejor cuando jugaba con aquellos juguetes que el mismo había construido con esfuerzo e ilusión.

Y así, aquel niño empezó a construir él mismo todos sus juguetes, y cuando creció, se convirtió en el mejor juguetero del mundo.


Autor: Pedro Pablo Sacristán



Ilustración: ©Yamila Llanir



3º Cuento: EN LA LUNA (de Silvia Schujer)

Si se la ve solamente de noche... ¿cómo se hace para viajar a la Luna de día? - Oliverio tomó asiento. Sacó lo imprescindible de la mochila y la colocó a su costado.

Oprimió el botón de despegue y sintió que todo su cuerpo comenzaba a elevarse. Lentamente. Lentamente, al principio.

En pocos minutos, los ruidos y las voces conocidas empezaron a bajar el volumen hasta perderse por completo.

Las cosas y las personas fueron disminuyendo su tamaño hasta convertirse en hormigas y, en seguida, desaparecer.

Oliverio abrió la carpeta y anotó: "Despegue sin problemas", "Primer tiempo de vuelo silencioso".

Un rayo de luz calentito y amarillo se coló por la ventana.

Oliverio giró apenas la cabeza y, ante sus ojos, el espacio infinito llenó completamente su atención.

Después de comprobar que no era oscuro, el universo luminoso le permitió divisar los paisajes con lujo de detalles: estrellas apagadas por la luz del día, planetoides blancos alineados sobre un gran espejo verde.

Oliverio anotó en la carpeta: "Las luces del espacio se meten por la ventana", "Algo verde se ve en el frente".

De pronto, el chirrido de una puerta rompió el silencio bruscamente. Antes de reaccionar, Oliverio creyó escuchar un sonido distorsionado diciendo: AQUIESTAELBORRADOR. Una voz lejana metiéndose por alguna ranura de la nave en cámara lenta.

Preocupado, estiró la mano para comprobar que su cápsula estuviera herméticamente cerrada. Y cuando volvió su mirada hacia el frente, una nube de polvo cubría los planetoides blancos. Al cabo de unos segundos, reaparecería la brillante superficie verde del frente.

Oliverio escribió en su carpeta: "Los planetoides desaparecieron tras una nube de polvo".

El tiempo se fue volviendo más lento. Más gelatinoso.

Oliverio apretó el botón para acelerar la velocidad de su viaje y una sucesión de imágenes desfiló ante su vista como los cuadros de una película.

Al principio, una suelta de colores desbordó de sus pantallas de control.

Planetas con forma de manzanas y alfajores fueron quedando atrás a su paso.

Oliverio creyó ver entre el desorden de imágenes otros claros planetoides desparramados sobre el espejo verde del frente.

Atravesando una larga extensión cósmica, reconoció a Esteban y a otros cinco compañeros saludándolo desde el espacio infinito. Caminando por la inmensidad del universo. Perdidos y sonrientes como él.

Hasta que una voz se internó como una aguja en sus oídos.

—¡Oliverio! —sonó metálicamente.

Asustado por el extraño zumbido, Oliverio aumentó la velocidad y por fin pudo divisar la superficie de la luna. Blanca como la leche.

Tan nítidamente la vio ir tomando forma, que, por un momento, tuvo la sensación de que no era él quien se acercaba a la Luna, sino que la luna se arrimaba a él.

—¡Oliverio! ¡Oliverio! —volvió a sonar en la nave como si alguien lo llamara desde adentro.

Decidido a no interrumpir su travesía a pesar del miedo (porque tenía miedo), Oliverio oprimió el botón de llegada urgentemente.

Con cierta emoción comprobó que las rueditas se asomaban por la base de la nave.

—¡Oliverio! —sonó estruendosamente.

Y procedió al alunizaje. Tranquilo, con la suavidad de un bostezo nocturno, para no cometer errores.

Se colocó el casco. Esperó que el motor detuviera su marcha por completo y entonces se puso de pie.

—¡La Luna! —pensó Oliverio-. ¡La Luna!

Y la vio toda de blanco con sus cráteres inconfundibles, los banderines, los selenitas y las selenitas haciéndole señas de bienvenida.

—¡Oliverio! —sonó casi al borde de su nariz.

Y Oliverio, maravillado, abrió la puerta y, apenas apoyó un pie sobre la superficie, recibió sorprendido el encuentro.

—¿Me puede decir dónde estaba, señor? —preguntó la maestra.

—-En la Luna —respondió Oliverio con toda sinceridad. Y la boca se le quedó un poco abierta. Seguramente por los recuerdos.

—Repita lo que yo estaba explicando —dijo la maestra.

—¿Cómo? —preguntó Oliverio.

—¿Me puede decir dónde estaba "el señor" mientras yo explicaba?

—En la Luna —aseguró Oliverio.

Y entonces la maestra agarró la carpeta y se puso a escribir una nota a los padres.

Cuando Oliverio llegó a su casa, se sentó a comer y...

-¿Qué tal, Oli? ¿Cómo te fue en el colegio? -le preguntó su mamá.

—Me pusieron una mala nota por no prestar atención — respondió.

—¡Pero qué chico! —dijo la mamá—. ¡Siempre en la Luna! —agregó enojada. Pero se quedó dura cuando sin saber ella por qué, Oliverio le dio un beso, un abrazo y le dijo: —No importa mamucha. Por suerte vos me creés.


Autora: Silvia Schujer (de "Oliverio Junta Preguntas")



Ilustración: ©Susana Hoslet


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