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Cuento: LA BICICLETA ROJA, de Gustavo Roldán

Todo el mundo sabe que hay caminos verdes, caminos grises, caminos marrones, caminos rojos. Todo el mundo sabe que hay caminos derechos y caminos torcidos, que suben, que bajan, o suben y bajan.

Todo el mundo conoce esos caminos, pero muy pocos saben de los caminos olvidados.

Y es lógico que sea así. Si no, no serían caminos olvidados. ¿Qué cómo son esos caminos?

¿Qué dónde están?

Si fuera tan fácil responder, tampoco estaríamos hablando de caminos olvidados. Apenas están en la memoria de los que sueñan con una bicicleta roja y pelean y pelean hasta conseguirla.

Esos son los caminos ideales para una bicicleta roja. Y el Negro tenía una bicicleta nueva que podía correr más ligero que el viento.

¡Cómo brillaba la bicicleta nueva!

Bueno, eso de nueva era hasta por ahí nomás, porque le habían regalado una bicicleta herrumbrada que vaya a saber desde cuándo estaba en un galpón.

Pero su papá le había comprado las cubiertas, las cámaras, y un asiento.

Las llantas, el cuadro, el manubrio, el piñón, los pedales, eran una sola capa de herrumbre pero el negro frotó y frotó, gastó y gastó trapos con agua, con kerosén, con aceite.

Despacito, los pedales comenzaron a girar después de limpiarlos y aceitarlos una y otra vez.

Y ahí estaban Atilio y Miguel y Silvio y el Flaco. Ese era un trabajo para un montón de chicos Y ahí estaba el montón de chicos. Y entonces vino el tarro de pintura.

Alguien dijo que lo mejor era colgar el cuadro de una rama para pintarlo sin que se ensucie.

Alguien dijo que había que desarmar los pedales y sacar el manubrio.

Alguien dijo que en su casa tenía más llaves y herramientas.

Alguien dijo que su hermano mayor podía darles una mano, que el asunto de los pedales y el piñón y las palancas y las bolitas de acero eran cosa seria.

Los rayos que faltaban y esa rueda descentrada tuvieron que resolverse en la bicicletería.

Mientras tanto la primera mano de pintura estaba cambiando las cosas.

Cuando dieron la segunda mano fue como ver una salida de sol con los pastos mojados por el rocío, como un arco iris cuando todavía caen las últimas gotas de lluvia.

Las horas de trabajo eran a la siesta, a la salida de la escuela. Eso sí, en el fondo del patio, para no hacer mucho ruido.

Al final la bicicleta estuvo lista.

Primero la fueron probando con pequeñas vueltas en el patio.

Pero un patio es poco para una bicicleta roja.

Y entonces salieron a la calle, y uno por uno, por riguroso turno, dieron una vuelta la manzana.

Pero una manzana es poco para una bicicleta roja.

Entonces aparecieron las otras bicicletas. Atilio y Silvio y el Flaco tenían bicicletas.

El Negro subió a la suya y comenzaron a recorrer el pueblo.

Esa tarde fueron para el centro, y dieron vueltas y vueltas, en un tiempo que era como el tiempo infinito de los sueños.

El Flaco dijo, cuando iban por la vuelta número un millón, alrededor de la plaza:
-¡Mi vieja me mata! ¡Rajemos, que se nos hizo tarde!

Volvieron. Cada cual a su casa. Todos contentos, pero el Negro no, eso era más que volver contento. Y volvía cansado, pero seguía pedaleando entre las nubes.

El Negro le pasó un plumero a la bicicleta. Le pasó un trapo húmedo y después un trapo seco. La apoyó bien, mientras repetía "ya va, ya va", a los llamados de su madre.

-Mucha bicicleta brillante, pero miráte las manos. Y los pantalones. Y los codos -decía la mamá del Negro.

-Mamá -dijo el Negro- ¿dónde va a dormir mi bicicleta?

Fueron tardes y tardes para recorrer el pueblo de ida y de vuelta, para todos lados.

Pero un pueblo es poco para una bicicleta roja.

Y entonces fue la laguna, el camino del cementerio, la salida para la ruta, el Prado Español.

Esa siesta el Negro salió solo.

Atilio con paperas, el Flaco de penitencia, Miguel haciendo deberes y mandados, Silvio vaya a saber dónde.

Pero también el camino de la laguna es poco para una bicicleta roja.

Porque el Negro había pasado por la casa de la Cecilia, justo justo cuando la Cecilia estaba en la puerta de su casa y lo vio y le dijo "Chau Negro, chau", con una sonrisa.

Y el Negro, que iba casualmente pedaleando bien erguido y con los brazos cruzados cuando pasó frente a la casa de la Cecilia le saludó levantando los dos brazos.

"Chau Negro, chau", había dicho la Cecilia con una sonrisa.

Dobló en la esquina sin animarse a mirar para atrás. Después se miró los dedos. Al levantar los dos brazos para saludar a la Cecilia se había sentido como que tocaba el cielo con las manos.

Entonces se agachó y pedaleó fuerte, cada vez más fuerte. Cuando pasó frente a la laguna sintió que lo llamaban. Había chicos con barriletes, chicos con cañas de pescar, chicos con una honda en la mano, preparados para tirarle a cualquier cosa.

El Negro los saludó con un gesto, y siguió pedaleando. Ahí se terminaban las calles, que se convertían en caminos cada vez más angostos y torcidos, que se abrían a los costados en pequeños senderos apenas marcados en el pasto. Por los más angostos pasaban algunas vacas. Por los más anchos pasaban las hormigas.

Ahí había sombra para elegir porque comenzaba el monte, y para todos lados se veían angostos caminos marrones y caminos verdes que se perdían bajo los árboles. Por los más anchos -los marrones- pasaban las hormigas.

Ya se sabe, los mejores son los verdes, porque son los que no van a ninguna parte, y por donde se entra a los caminos olvidados.

El Negro eligió uno de esos, el más verde de todos, y cuando empezó a recorrerlo el tiempo comenzó a tener esa incierta medida de los sueños.

"Chau Negro, chau", era lo único que se podía escuchar en el viento entre las copas de los árboles, en las ramas del costado del sendero, en la voz de los pájaros que buscaban semillas en el suelo y se apartaban del paso de la bicicleta.

El Negro los saludaba con la mano y otra vez sentía como una cosquilla en la punta de los dedos.

Cuando volvió, cansado, sintió las calles pesadas por la tierra blanda.

-¿Dónde te habías metido? -preguntó su mamá-. ¡Hace horas que te ando buscando! ¿No ves la hora qué es? ¿Dónde estuviste?

-Pero... -comenzó a contestar el Negro.

Iba a decir "apenas anduve un rato en bicicleta", cuando se dio cuenta de que su mamá estaba prendiendo las luces, y que del sol apenas quedaban algunos reflejos en el patio.

Fue a lavarse sin protestar.

-¿Dónde estuviste? -insistió la mamá-. ¿Te pasa algo?

-No, nada, me duelen las piernas, de pedalear.

-Bueno, vení que te hago fricciones.

Claro que no le dolían las piernas. Pero el Negro sabía que eso podía dejarla tranquila a su mamá.

Nunca iba a entender que él no sabía en qué caminos había estado todo ese tiempo.




FIN ✿◕‿◕✿

Gustavo Roldán, “La bicicleta roja”.
En Todos los juegos el juego, Buenos Aires, Colihue, 1991.

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Visto y leído en: Docentes y Estudiantes Segui

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Ilustración, tomada del blog: Aprendo con amor

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